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EDITORIAL

El catalán de Sánchez Camacho

Parece que la candidata del PP está mucho más cerca del nacionalismo catalán que de la defensa de los derechos lingüísticos.

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En una entrevista al subvencionadísimo Avui publicada este miércoles, la candidata del Partido Popular en las elecciones autonómicas catalanas, Alicia Sánchez Camacho, aseguró que regañaba a su hijo si le hablaba en castellano. Ante el escándalo, declaró a esRadio que se habían sacado de contexto sus palabras y que la realidad era distinta: lo corregía si metía palabras en catalán cuando hablaba en castellano y viceversa. Como única prueba de la veracidad de sus palabras, aseguró que llamaría al periódico para exigir una rectificación. Un día después, Libertad Digital contacta con Avui para comprobar si lo ha hecho y la respuesta es que no. Sin embargo, el jefe de prensa de Sánchez Camacho asegura que sí lo han hecho, que en el diario les han pedido disculpas pero se han negado a rectificar y ellos lo han aceptado.

¿Por qué el escándalo en primer lugar? Al fin y al cabo, la vida privada de Sánchez Camacho es eso, privada, y no debería ser objeto de una crítica política. Sin embargo, desde el momento en que la candidata del PP usó a su hijo para ganarse las simpatías de los lectores del Avui, más que probablemente nacionalistas, lo metió en el debate. Del mismo modo, la intimidad de la familia de Zapatero pasó a ser de interés público cuando el presidente del Gobierno describió con orgullo el sectarismo que demostraban sus hijas, que ya decían aquello de que la izquierda es buena y la derecha mala.

Naturalmente, dado que el PP se presenta como un partido nacional y de derechas, parecería lógico que sus líderes se comportaran como tales. Si Sánchez Camacho defiende sinceramente en público el bilingüismo y no la imposición de ninguna lengua, no se acaba de entender que en privado obligue a su hijo a olvidarse justo del idioma objeto de las iras del nacionalismo catalán, su rival electoral e ideológico. Parece, por tanto, que la candidata del PP está mucho más cerca del nacionalismo catalán que de la defensa de los derechos lingüísticos.

Es cierto que la lengua en que educamos a nuestros hijos no debería ser objeto de debate político. La administración y, especialmente, la educación pública deberían ofrecer sus servicios en los idiomas naturales de cada territorio; en el caso de Cataluña, el castellano y el catalán. Pero los nacionalistas, incapaces de encontrar otra razón por la que justificar sus respectivos hechos diferenciales, han hecho de la lengua un elemento de división de España y de creación nacional. Con la excusa de que Franco impidió el uso normal de las lenguas regionales, los nacionalismos van a cumplir ya treinta años de imposición lingüística.

Por otro lado, al margen de cómo eduque realmente Sánchez Camacho a su hijo, lo cierto es que sus formas dejan mucho que desear. Por lo que parece, se está limitando a decir a unos y otros lo que quieren oír, deporte que no por ser tan practicado por nuestros políticos resulta menos hipócrita. Para que la democracia funcione es imprescindible saber qué piensan y qué pretenden hacer los políticos a los que votamos. En caso contrario, el sufragio se convierte en una ruleta rusa, un juego en el que participamos ciegamente, o una expresión de adhesión más propia de una hinchada de fútbol que de una ciudadanía informada y consciente de sus derechos y obligaciones.

Claro que posiblemente sea eso lo que quiere este búlgaro PP. De ahí que Sánchez Camacho sea, entre todos los candidatos posibles, la elegida para dirigir el partido en Cataluña.


 

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