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EDITORIAL

¿El feminismo de Montero o el de Ayuso?

Hay que ser muy osado para ir como icono feminista tras no haber conseguido nada en la vida y ser la primera ministra por matrimonio de la historia.

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El mismo día en el que la Delegación del Gobierno de Madrid ha dado marcha atrás en lo que hasta ahora era su política oficial y ha prohibido las múltiples marchas convocadas en la región para el 8M -una decisión que no se puede sino considerar acertada, aunque los motivos para haberla tomado seguro que son cuestionables- se ha podido comprobar y confrontar dos formas muy diferentes de entender el feminismo y la lucha por los derechos de las mujeres.

De un lado encontramos a Isabel Díaz Ayuso, que en una brillante intervención en la Asamblea de Madrid ha dejado muy claro lo que debe ser el feminismo en el siglo XXI: básicamente la búsqueda de soluciones reales para problemas reales como las dificultades que provoca la maternidad en la carrera profesional de muchas mujeres o, en un orden más dramático, cuestiones como la trata o la ablación genital.

Pero sobre todo la presidenta de Madrid ha señalado lo que no puede ser el feminismo a estas alturas: la búsqueda de privilegios legales o laborales por el mero hecho de ser mujer, defender a personajes que han pregonado o incluso practicado la violencia contra mujeres como Pablo Hasél y, sobre todo, proponer como modelo de feminismo a alguien que "está al frente de un ministerio por el mero hecho de ser pareja de un vicepresidente del Gobierno".

Precisamente Irene Montero, a la que obviamente Ayuso se refería sin citarla, es la otra forma de entender el feminismo que los ciudadanos han podido poner en la balanza este jueves. En primer lugar, porque hay que ser muy  osado y tener muy escaso decoro para presentarse como icono feminista después de no haber conseguido nada en la vida por ti misma y, encima, ser el primer caso de ministra por matrimonio de la historia de la democracia.

Pero más allá de su escandalosa contradicción personal, la ministra de Igualdad ha vuelto a mostrar que su 'feminismo' es una forma increíblemente inmadura de enfrentarse a la vida y a la política, incapaz de asumir la realidad a su alrededor y las limitaciones, como las sanitarias, que nos impone. Un feminismo victimista, que tiene el adanismo ignorante de los que desconocen todo lo que ha ocurrido antes de ellos, que ve conspiraciones en cualquier contratiempo y, sobre todo, que vive de la depredación del dinero público.

Un feminismo incapaz de reconocer sus propios errores, asumir la más mínima responsabilidad y que, por mero sectarismo y conveniencia política, estaba dispuesto a repetir en 2021 el despropósito que supusieron las manifestaciones del 8M que en 2020 fueron auténticos infectódromos y, sobre todo, retrasaron la respuesta del Gobierno a la pandemia y con ello costaron decenas de miles de vidas.

Dos mujeres , dos modelos y, una vez más y esto es quizá lo más importante, la constatación de que cuando desde el centro derecha liberal se creen y se defienden con valentía y sin complejos los principios de la libertad y la racionalidad… no hay batalla ideológica que no se pueda ganar.

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