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EDITORIAL

El liberalismo se abre camino en Alemania

Menos impuestos, menos regulaciones, menos sindicatos y menos subsidios. El programa, en resumidas cuentas, que Westerwelle trae bajo el brazo y que Merkel habrá de apropiarse para devolver a su país al lugar donde solía estar.

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Angela Merkel, la que era hasta el domingo canciller de milagro, obligada por las circunstancias y por puro sentido de Estado a pactar contra su principal adversario político, ha obtenido en las elecciones federales una mayoría holgada que le permitirá gobernar cómodamente con su socio favorito, el liberal FDP de Guido Westerwelle. El giro político que el gigante alemán ha dado en estos comicios marca el fin del ciclo izquierdista iniciado por Gerhard Schröder hace más de diez años.

El control de Alemania por la izquierda en dos legislaturas completas y una a medias con los conservadores ofrece un balance desalentador. La antaño locomotora económica europea se encuentra en un estado de parálisis casi absoluta. Alemania ha perdido la capacidad innovadora que tanto la caracterizó durante medio siglo. Su tejido productivo se desvanece asfixiado por mil regulaciones y por una fiscalidad excesiva que, por un lado, frena la creación de riqueza y, por otro, estimula el parasitismo y la cultura del subsidio estatal. Un círculo vicioso que la mayor parte de alemanes parecen querer romper a través del voto.

Si Merkel y Westerwelle son fieles a sus promesas electorales Alemania despegará de nuevo a lo largo de la próxima década. Esto es, de por sí, una magnífica noticia, y no sólo para los alemanes, sino para todos los países de la Unión Europea, entre los que se encuentra España, muy vinculada económicamente a Alemania. El despegue alemán servirá también para poner en valor un ideario –el liberal– y un modo de dejar hacer a los individuos en libertad que pasa por horas bajas en estos tiempos de crisis, y que, tal y como están las cosas, es la única doctrina válida para luchar contra las consecuencias del intervencionismo estatal y del envilecimiento intensivo de la moneda perpetrado por los bancos centrales que está el origen de la crisis actual.

Hasta la fecha Merkel no se ha caracterizado por ser una destacada amante de la libertad individual. Ha tratado durante su primer mandato de poner parches sobre los innumerables agujeros abiertos por su predecesor y por los excesos de la era Köhl. Ahora, sin embargo, la situación de Merkel es muy diferente. A su alrededor todo va a cambiar y sólo ella permanecerá. Los socialdemócratas están sumidos en una crisis profunda de la que tardarán en salir, y los radicales de Die Linke se han situado voluntariamente en el margen mismo del sistema y carecen de fuerza parlamentaria para importunar las necesarias reformas que Merkel ha de acometer en los próximos cuatro años.

Por de pronto, los alemanes necesitan una inyección de autoestima, seriamente dañada durante la última década. Para ello nada mejor que conseguir que el paro disminuya y que se reactive la industria, es decir, que vuelvan los buenos tiempos. Esto puede lograrse sólo mediante medidas que espoleen la creatividad empresarial. Menos impuestos, menos regulaciones, menos sindicatos y menos subsidios. El programa, en resumidas cuentas, que Westerwelle trae bajo el brazo y que Merkel habrá de apropiarse para devolver a su país al lugar donde solía estar. La derecha conservadora encarnada en el CDU puede volver a hacerlo como en la época de Adenauer y Erhard, pero sólo si toma al liberalismo por bandera.  


 

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