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EDITORIAL

El problema no es Sánchez; es el PSOE

Sánchez, solo, no es nadie. Sánchez, sólo, no podría consumar su traición.

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El acuerdo entre el PSOE y ERC es de una gravedad extrema, entre otras razones porque asume el mendaz contexto que, según los separatistas, justificaría la independencia y aun el golpismo; de ahí, por ejemplo, la necesidad de la bilateralidad entre el Gobierno de España y el Ejecutivo regional de Cataluña, que dinamita la piedra angular de nuestro sistema democrático, la soberanía nacional, que, como se recuerda en el primer artículo de la Constitución, "reside en el pueblo español".

Estamos un error histórico y una felonía de consecuencias sísmicas que puede acabar con el régimen de libertades de 1978, testigo de una de las mejores épocas de España en toda su historia y que, en las presentes circunstancias, sólo podría ser sustituido por algo infinitamente peor.

Hay un primer responsable de este estado de cosas, el infame Pedro Sánchez, que algún día acabará pagando por sus desmanes ante la Justicia o ante la Historia –probablemente ante ambas–. Pero, desde luego, no es el único: el PSOE en pleno cargará con la culpa formidable, bien por cobardía, bien por una paradójica y tóxica mezcla de sectarismo y falta de convicciones que le ha llevado a deslizarse, primero con Zapatero y después con Sánchez, por una pendiente que le ha llevado a la situación actual, en que sin vergüenza pacta el Gobierno de España con los peores enemigos de la Nación: comunistas bolivarianos, proetarras y golpistas catalanes en ejercicio.

En esta hora trascendental para la Nación, los barones socialistas mantienen un silencio ominoso e indecente que sólo rompen para criticar… al PP y a Ciudadanos. Ni Susana Díaz, ni Emiliano García Page, ni Guillermo Fernández Vara –que en 2016 amenazaba incluso con abandonar el PSOE si Sánchez pactaba "con los independentistas"–, ni Javier Lambán ni ningún otro capo del partido que sigue llevando la palabra español en las siglas han dicho absolutamente nada ni tomado medida alguna, demostrando que, pese a la retórica que tantas veces manejan, España les importa lo mismo que a un Rufián cualquiera.

Pero tampoco cabe poner el foco sólo en estos indeseables: todos los que forman parte de la voraz maquinaria socialista, así como los que han apostado por Sánchez en las urnas teniendo sobradas pruebas de la catadura del personaje, tienen una responsabilidad moral tremenda e innegable en esta felonía y en lo que pueda ocurrir a partir de ahora. Sánchez, solo, no es nadie. Sánchez, sólo, no podría consumar su traición.

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