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EDITORIAL

En la muerte de Gabriel Cisneros

Ha querido el destino que la primera muerte de uno de los hombres que se encargaron de redactar la Constitución haya coincidido con la legislatura en que ésta ha recibido los peores ataques de su corta vida

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Ha querido el destino que la primera muerte de uno de los hombres que se encargaron de redactar la Constitución haya coincidido con la legislatura en que ésta ha recibido los peores ataques de su corta vida, que la han dejado, en el mejor de los casos, malherida. A Gabriel Cisneros le diagnosticaron hace año y medio un cáncer de hígado y le dieron cuatro meses de vida. El sueño de vencer la enfermedad no ha podido cumplirse, y desde ayer España es un poco más huérfana.

Fue un hombre de la Transición, y un hombre de fe, con todo lo que ello implica. Creyó que el consenso era imprescindible para forjar un acuerdo duradero entre todas las fuerzas políticas y, aunque comprendiera que el disenso es lo normal en democracia, lamentó la posterior pérdida del respeto y las formas entre los políticos. Confió en los nacionalistas y se vio traicionado por su apetito insaciable. Mantuvo siempre una actitud de firmeza frente al terrorismo y la ideología que lo alimenta, y lo pagó caro.

Gabriel Cisneros tenía el rasgo único de ser al tiempo padre de la Constitución y víctima de ETA. Quizá por eso encarnara mejor que nadie la historia del fracaso de nuestra democracia en derrotar a la banda asesina. Los criminales quisieron secuestrarlo y, al resistirse, le dispararon cuatro veces. La bala que impactó le dejó secuelas físicas durante el resto de su vida. Uno de aquellos terroristas se llamaba Arnaldo y se apellidaba Otegi, pero no pudo ser condenado por falta de pruebas. Años más tarde, Zapatero lo calificaría de hombre de paz y la Fiscalía, en una actuación infame en un Estado de Derecho, impediría que se le condenara. No es de extrañar que el constitucionalista mostrara su "desprecio y estupor" por la actuación. Son quizá las palabras más duras que dedicó a otro político durante su vida pública.

La perversión del texto que supuso su principal aportación a España ha sido objeto también de recientes ataques por parte de quienes tienen el mandato de defenderla. Semejante desprecio a su letra y su espíritu lo llevaron a cambiar de opinión y defender la necesidad de una reforma extensa, en la línea aconsejada por el Consejo de Estado, aunque siempre, claro está, dentro de los cauces marcados por nuestra carta magna para su modificación. Fue el proceso de disolución de la Constitución por vía estatutaria el que le hizo apoyar, desde la Fundación DENAES de la que era patrono de honor, un gran pacto nacional entre los dos partidos para modificar nuestra ley de leyes de modo que se pusiera coto a los desmanes de los nacionalistas.

Gabriel Cisneros se ha marchado en un momento crucial en la Historia de España, precisamente porque la Constitución que él ayudó a redactar y el régimen de libertades que nació con ella están más en peligro que nunca desde entonces. Se le echará en falta en la lucha por la defensa de España y la libertad.


 

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