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EDITORIAL

Es hora de acabar con la tiranía sindical

El Partido Popular tiene, con la posible convocatoria de esta nueva huelga general,una excelente ocasión para actuar con altura de miras, evitando la demagogia de sumarse a la iniciativa sindical sólo para desgastar a un gobierno ya en pleno hundimiento.

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Nunca es ocioso repetir que la Huelga General es un instrumento revolucionario destinado a derribar el Gobierno por métodos extraparlamentarios y, por tanto, ilegítimos e incompatibles con la democracia y las sociedades abiertas. Si los sindicatos españoles tuvieran un carácter profesional y se dedicaran a defender los intereses de sus afiliados, con toda seguridad no tendríamos que vernos sometidos al sobresalto de las reiteradas convocatorias de huelgas políticas como la anunciada para el mes próximo, justamente lo que menos necesita nuestro país en unos momentos tan críticos para su futuro.

Para nuestra desgracia, en España contamos con unos sindicatos sobrevalorados gracias al exceso de legitimidad que tradicionalmente les ha concedido el poder político sin atender a su representatividad real, lo que les permite continuar felizmente anclados en el siglo XIX y ajenos a las funciones reales que exige de ellos una sociedad avanzada.

Los sindicatos llamados de clase cuentan con dos herramientas fundamentales para perturbar el orden social cada vez que lo estiman conveniente sus dirigentes. Se trata de las subvenciones públicas, que les permiten disponer de un número abrumador de liberados sindicales -la fiel infantería siempre dispuesta a tomar parte en sus algaradas callejeras-, y la ausencia de una ley de huelga en nuestro ordenamiento jurídico, lo que les permite paralizar un país entero, incluidos los sectores más esenciales, sin que el Gobierno tenga demasiado margen para garantizar los derechos constitucionales del resto de ciudadanos o exigir a los culpables las responsabilidades oportunas previstas en una ley ad hoc de la que España, por desgracia, todavía carece.

La reciente crisis de los controladores, sin embargo, ha creado un precedente muy interesante del que todos deberíamos extraer las debidas enseñanzas, incluidos los sindicatos llamados mayoritarios aunque, a estas alturas, posiblemente sean ya inmunes a cualquier razonamiento que les permita adquirir un cierto contacto con la realidad.

En lo que respecta a la oposición, el Partido Popular tiene ahora una excelente ocasión para actuar con altura de miras, evitando la demagogia de sumarse a la iniciativa sindical sólo para desgastar a un Gobierno ya en pleno hundimiento. Si decide huir del cortoplacismo miope tan habitual de los partidos cuando se ven cerca del poder contribuirá a difuminar a uno de los más tenaces adversarios políticos a que ha debido enfrentarse el PP cuando ha estado en el Gobierno y, de paso, rendirá un gran servicio a España. El país que, probablemente, le va a tocar dirigir en muy pocos meses. Tal vez menos de lo que todos imaginamos.


 

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