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EDITORIAL

España, en manos de un PSOE desesperado

Las posibilidades para una coalición con PP, PSOE y C's es pura entelequia por el temor de los socialistas a desaparecer a manos de Podemos.

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A medida que las distintas fuerzas políticas avanzan en sus estrategias para la conformación del nuevo Gobierno, el panorama político se presenta más sombrío. A tenor de los resultados de las elecciones del domingo, el PSOE es el partido sobre el que recae la mayor parte de la responsabilidad. Sin embargo, sus prejuicios contra Rajoy y el PP y el temor a verse sobrepasado por la extrema izquierda de Podemos en una eventual nueva cita con las urnas hacen que el partido socialista sea en estos momentos el principal factor de inestabilidad.

Pedro Sánchez ya ha advertido de que votará en contra del PP sea cual sea su candidato a la Presidencia del Gobierno. Los principales barones del partido, con Susana Díaz a la cabeza, han avalado esta decisión, lo que aboca necesariamente a un escenario en el que tan sólo caben dos posibilidades compatibles con la lógica parlamentaria: o un Frente Popular presidido por Sánchez, con la participación de marxistas y separatistas, o elecciones anticipadas, en cuyo caso el panorama político sería todavía más incierto de lo que resulta en estos momentos.

Las posibilidades para una amplia coalición constitucionalista, con PP, PSOE y Ciudadanos participando en el Gobierno, es a día de hoy una entelequia por las reticencias de los socialistas a pactar con los partidos a los que han venido criminalizando con saña en los últimos tiempos, al objeto de disputar a Podemos el voto más radical. Por otro lado, una coalición de izquierdas con el PSOE al frente sería un experimento que no tardaría en saltar por los aires a causa de las enormes discrepancias e intereses aglutinados en torno a Podemos, que es cualquier cosa menos una formación política homogénea con un programa común.

En esta tesitura, el PSOE tratará de contemporizar durante el proceso de investidura con la vista puesta en la amenaza, cada vez más acuciante, de que los radicales de Podemos acaben destruyendo al partido que, hasta ahora, ha venido liderando a la izquierda española.

Zapatero convirtió al PSOE en un partido aún más sectario, que hizo del radicalismo político, el odio al adversario y el desprecio a la Nación sus principales señas de identidad. Sánchez no sólo no ha tratado de revertir esa deriva suicida, sino que la ha exacerbado. El precio que paga ahora por ello el PSOE es el verse inmerso en un juego político diabólico que puede acabar convirtiéndolo un partido irrelevante, con las consecuencias que ello tendría para la estabilidad política de España. Los socialistas lo merecen sobradamente. España, desde luego, no.

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