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EDITORIAL

Esta vez no lloró ningún alcalde

Zapatero, incapaz como es de reconocer un error ni, sobre todo, de corregirlo, ha intentado solucionar los problemas como suele hacerlo siempre: con trucos de imagen. En esta ocasión, sin embargo, no parece que le haya salido bien.

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Si correr es de cobardes, como asegura Maleni Álvarez como motivo para no dimitir, es difícil entender cómo no exigió públicamente a Zapatero que no hiciera huir a nuestras tropas de Irak nada más llegar al Gobierno. Pero la coherencia y la responsabilidad no son precisamente los valores que más se estilan entre los políticos, y no digamos ya entre los miembros del Gobierno. Ese es el motivo principal por el que una de las socialistas más incompetentes en todos y cada uno de los cargos que ha ocupado siga aún al frente de las infraestructuras de nuestro país. Ese, y que Zapatero necesita de un parachoques que aguante todos los golpes que, en realidad, debería recibir él.

Y es que la responsabilidad de Zapatero en esta crisis no se limita a nombrar y mantener en el cargo a una inútil sin paliativos, que ya es bastante. Ha sido él quien se ha empecinado en inaugurar a finales de diciembre, antes de que la ley impida hacerlo ante la cercanía de las elecciones, los recorridos del AVE a Valladolid, Málaga y Barcelona. No le ha importado tener que enterrar millones en obras provisionales como la llegada a la ciudad castellana en superficie que habrá que eliminar cuando se realice el túnel correspondiente. Le ha dado lo mismo poner en riesgo la vida de los trabajadores que se afanan en Barcelona por proporcionarle una cinta que cortar. Y quién sabe, vistos los socavones y las grietas que están provocando las obras, y recordando el Carmelo, si no tendremos que lamentar la pérdida de la mayor joya arquitectónica de la ciudad condal, la Sagrada Familia, debajo de la cual pasará el túnel del AVE.

Zapatero, incapaz como es de reconocer un error ni, sobre todo, de corregirlo, ha intentado solucionar los problemas como suele hacerlo siempre: con trucos de imagen. En esta ocasión, sin embargo, no parece que le haya salido bien. Se ha notado demasiado que ha acudido en un día en el que no había miles de personas padeciendo las consecuencias de sus prisas y su mala gestión. Y los alcaldes socialistas que se han paseado con él no han derramado lágrimas de cocodrilo contemplando un socavón, con lo fotogénico que queda eso luego en las portadas de los periódicos y abriendo los telediarios. En su lugar, se ha encontrado con un nuevo hundimiento, y la inevitable sensación de que es precisamente él quien lo ha provocado. Como todos los anteriores.


 

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