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EDITORIAL

¿Fe en Rubalcaba?

Hay un viejo dicho que afirma que no se debe asignar a la maldad lo que puede explicarse como simple estupidez. El problema es que las estupideces han alcanzado un volumen tal que hay que hacer un verdadero acto de fe para no desconfiar de todo y de todos

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El 11-M, mal que le pese a unos y otros, ha marcado un antes y un después en la historia reciente de España. La mayor masacre terrorista que jamás haya tenido lugar en nuestro suelo logró volcar unos resultados electorales que cambiaron el signo del Gobierno de la nación. Y lo que es peor, la investigación del crimen ha dejado más dudas que certezas, abriendo en millones de españoles, y especialmente en las víctimas, la sombra de una terrible sospecha.

Acabamos de saber que la Policía dejó marchar a uno de los supuestos autores materiales del 11-M, Daoud Ouhnane, contra el que acumularon una serie de pruebas, cuando menos, endebles: una huella fragmentaria que dio al menos un falso positivo, una libreta que no se encontró en Leganés y unos restos de ADN en Morata de Tajuña que no se correspondían con él. Pero, pese a todo, era alguien en busca y captura por los atentados, y la Policía no lo detuvo pese a tenerlo localizado los días 20 y 22 de junio de 2004.

¿Por qué? No lo sabemos. Opiniones habrá para todos los gustos. Se podrá pensar que no había interés en detenerlo, no fuera a desmontar al menos una parte de ese castillo de naipes llamado versión oficial. Que una parte de la Policía se lo inventó como culpable sabiendo que no lo era, lo que explicaría que no se informara de la presencia de Ouhane en un piso de islamistas a los jueces encargados del 11-M para que pudieran, al menos, interrogar a quienes tuvieron relación con él. O, en la más benévola de las suposiciones, que no detenerlo y no informar sobre él más tarde sean simplemente fruto de una negligencia que debería tener consecuencias de algún tipo para los responsables.

Que los atentados del 11-M fueron aprovechados por el PSOE para alcanzar el poder no cabe duda alguna. Las algaradas callejeras delante de las sedes del PP, los llamamientos de los medios afines a sumarse, las noticias inventadas sobre terroristas suicidas... De todas esas imágenes, hay una que sigue presente desde entonces, especialmente porque su autor ha sido colocado al frente de las fuerzas del orden por el mayor beneficiado político de la masacre: "España no se merece un Gobierno que mienta".

Como todos sabemos, jamás Rubalcaba ha pronunciado frase alguna que no fuera acorde con la realidad. Ni siquiera cuando dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos a negar la responsabilidad de los gobiernos de Felipe González en los GAL. De modo que su afirmación de que no se le detuvo porque "no se le reconoció" merece, cuando menos, cierta incredulidad, cuando no abierto desdén.

Hay un viejo dicho, dictado por el sentido común, que afirma que no se debe asignar a la maldad lo que puede explicarse como simple estupidez. El problema a estas alturas es que las estupideces han alcanzado un volumen tal que hay que hacer un verdadero acto de fe para no desconfiar de todo y de todos. Y lo último que puede ofrecerse a los ciudadanos ante un crimen tan grave y de tan amplias consecuencias para nuestras libertades y nuestra democracia son respuestas que dependan exclusivamente de nuestra confianza en las fuerzas del orden y en la Justicia. Porque si se tensa esa fe hasta el punto de romperla, las consecuencias pueden ser gravísimas.


 

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