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EDITORIAL

Haber estado en manos del grotesco Iván Redondo...

Lo alarmante es que semejante personaje haya estado tomando decisiones trascendentales en los últimos años, al servicio del presidente del Gobierno más nocivo de la etapa democrática.

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La entrevista de La Sexta a Iván Redondo dejó no pocos titulares y una extendida sensación de estupor por la manera de conducirse del personaje. El exasesor plenipotenciario de Pedro Sánchez, defenestrado en la última remodelación del Gobierno social-comunista, pergeñó un relato grandilocuente de su paso por la Moncloa que aderezó con patrañas infumables para quien siga mínimamente la actualidad política.

Redondo, que pasaba por ser un sabio de la comunicación política, quedó retratado como un mequetrefe con una absoluta falta de escrúpulos y una insana facilidad para hacer de la mentira un arma política. No es casual que Sánchez lo tuviera consigo y dejara en sus manos prácticamente todas las grandes cuestiones de la política nacional e internacional. Sánchez, un trepa inmoral que llegó a ser expulsado de su propio partido –el nada ejemplar PSOE– por tramposo, nunca ha mirado por el bien común, lo único que busca es mantenerse en el poder a como dé lugar, haciendo pagar a los españoles el coste de su ambición insensata. Desde esa perspectiva, Redondo era el lacayo ideal.

El gran muñidor del sanchismo, que pretendió convertir a su jefe en un líder providencial a base de burdas mentiras aventadas con entusiasmo por los medios izquierdistas, quedó retratado en La Sexta como un tahúr de la política obsesionado con el poder, sin poso intelectual ni convicciones ideológicas profundas. No de otra forma cabe entender que llegara a defender la necesidad de una reforma constitucional aludiendo a la crisis climática o al machismo de la Corona, y animara a los partidos a tomar la delantera para "dar el primer golpe" (sic).

El fracaso de la operación para desalojar al PP del poder en Murcia, Madrid y Castilla y León, cuya responsabilidad atribuyó con gran desvergüenza a los fontaneros del PSOE; el batacazo en las elecciones madrileñas (a su juicio culpa exclusiva del pobre Ángel Gabilondo) o el fiasco del encuentro de Sánchez con Joe Biden a trote de pasillo llevaron a su defenestración, aunque Redondo insista en aventar un relato que él tiene por heroico pero que es grotesco y ridículo.

Pero lo sustantivo de la entrevista no fue la constatación de a qué extremos bochornosos puede llegar un narcisista comido paradójicamente por los complejos. Lo alarmante es que semejante personaje haya estado tomando decisiones trascendentales en los últimos años, al servicio del presidente del Gobierno más nocivo de la etapa democrática.

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