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EDITORIAL

Japón, lecciones de un país ejemplar

Japón nos ha enseñado en sólo tres días cómo funciona un país, cómo se mide ante la fatalidad y cómo debe sobreponerse a golpes inesperados y demoledores como el del terremoto del pasado viernes.

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Japón acaba de ser víctima de una de las mayores catástrofes naturales que se recuerdan. Un terremoto de 9 en la escala de Richter seguido de un devastador tsunami que ha arrasado gran parte de su costa oriental. La tragedia se cifra en términos humanos en unas 5.000 víctimas, un número infinitamente menor al que se registró en el tsunami del Índico en diciembre de 2004 (230.00 víctimas) o al del reciente terremoto de Haití (316.000 víctimas).

Los japoneses han demostrado al mundo que su tesón y esfuerzo durante generaciones para luchar contra las fuerzas de la naturaleza ha terminado dando frutos. Ese triunfo de nuestra especie sobre los elementos es algo todos deberíamos celebrar. Lo que en cualquier otro país hubiese constituido un drama de incalculables dimensiones, en Japón se ha saldado con un número muy modesto de muertes, cuantiosos destrozos –aunque perfectamente asumibles para una economía como la japonesa– y 11 reactores nucleares parados, uno de los cuales se encuentra actualmente en problemas de sobrecalentamiento aunque no existen riesgos de que esto provoque una catástrofe nuclear del estilo de la de Chernóbil.

Pero ese no ha sido el único ejemplo que Japón ha dado al resto de las naciones. La sociedad japonesa nos ha entregado una admirable lección de civismo y templanza en unos dramáticos momentos en los que ambas virtudes tienden a olvidarse. Sólo tres días después de la catástrofe, Japón ha vuelto a la normalidad. Exceptuando a las brigadas de emergencia que asistían a los damnificados y a los retenes de limpieza en las zonas afectadas, el resto del país ha vivido un lunes casi como cualquier otro. Hoy en Tokio los transportes, las oficinas, la Bolsa de Comercio, los colegios y organismos públicos han funcionado como sino hubiese pasado nada. A pesar de los cortes de luz programados, no se han producido saqueos ni problemas de orden público, todo lo contrario, los tokiotas se han esforzado más que nunca por cooperar entre ellos para salir juntos del mal trago.

Japón nos ha enseñado en sólo tres días cómo funciona un país, cómo se mide ante la fatalidad y cómo debe sobreponerse a golpes inesperados y demoledores como el del terremoto del pasado viernes. Japón, en definitiva, nos reconcilia con lo mejor del ser humano, esa extraordinaria criatura que, cuando se lo propone, jamás se da por vencida.


 

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