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EDITORIAL

La comisaria Vilallonga, o el fanatismo talibánico de los separatistas

Como todo movimiento colectivista y totalitario, el nacionalismo no soporta la realidad cuando no se ajusta a sus delirios ideológicos e identitarios.

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Como todo movimiento colectivista y totalitario, el nacionalismo no soporta la realidad cuando no se ajusta a sus delirios ideológicos e identitarios. La consejera de Cultura de la Generalidad de Cataluña, Mariàngela Vilallonga, actúa para despejar todas las dudas al respecto. No contenta con haber abroncado a los directivos de TV3 porque –afirma la fanática sin vergüenza– se habla "demasiado castellano" en la de hecho castellanófoba televisión autonómica, ahora se ha indignado por que, a su depravado juicio, también en el Parlamento regional de Cataluña se habla demasiado en la lengua mayoritaria de los catalanes –y la única que comparten con el resto de sus compatriotas–. Cabe igualmente recordar que, tiempo atrás, la talibánica comisaria demostró ser una redomada racista al hablar de una "raza catalana" y asegurar que Cataluña se distingue por determinados "trazos étnicos y culturales".

"En el territorio de Cataluña, el País Valencià [sic] y las islas Baleares, la lengua propia es el catalán, que es hermana del castellano, del portugués y de las lenguas románicas, que son hijas del latín", dice la mendaz intoxicadora. A su depravado juicio, hay "tres lenguas propias" en el Principado, "el catalán, el aranés-occitano y la lengua de signos catalana", mientras que el español es "una más de las trescientas lenguas que se hablan en Cataluña".

Ya resulta surrealista que, por el hecho de que TV3 haya emitido Drama, serie juvenil cuyos protagonistas emplean indistintamente el castellano y el catalán en sus diálogos, la comisaria Vilallonga considere que se oye "demasiado castellano" en una televisión que lo posterga de manera escandalosamente ilegítima; pero lo más esperpéntico, y revelador de su mentalidad perturbada, es que relegue al español, la lengua que a pesar de todos los desmanes de los separatistas prefieren los catalanes, a la condición de una más entre trescientas.

Si no fuera porque se trata de una individua con mando en plaza y porque sus delirios liberticidas se traducen en la vulneración de los derechos civiles de los catalanes –vulneración que pretende extender a las Baleares y a la Comunidad Valenciana–, las palabras de semejante histérica moverían a risa. Desgraciadamente, no cabe tomarlas a broma sino como un reflejo de la amenaza que para las libertades representa el nacionalismo golpista que detenta el poder en Cataluña.

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