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EDITORIAL

La chapuza laboral

Se trata de que Zapatero pueda vender que los trabajadores por cuenta ajena sigan teniendo nominalmente las mismas ventajas, pero de facto éstas se vean reducidas en una parte y subsidiadas en otra.

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El Gobierno quiere vender una reforma laboral que no haga "perder derechos" a los trabajadores, pero que en la práctica abarate el despido. Por lo que indican los distintos documentos filtrados a los medios, se pretende que gracias a diversos mecanismos el despido le pueda costar al empresario en la mayoría de los casos 12 días por año trabajado frente a los 45 actuales.

Como ya adelantó Libertad Digital, la principal vía para lograr esta rebaja pasa por la ampliación de las causas de despido objetivo, dificultando a los jueces de lo laboral su costumbre de favorecer al empleado aunque éste haya agredido a su jefe, que algún caso ha habido. Pero también parece estar decidido, entre otras medidas de menor alcance, que sea el Estado quien pague una parte de la indemnización. En definitiva, la cuestión es que Zapatero pueda vender que los trabajadores por cuenta ajena sigan teniendo nominalmente las mismas ventajas, pero de facto éstas se vean reducidas en una parte y subsidiadas en otra.

Porque de eso se trata, de que Zapatero reciba el visto bueno de nuestros nuevos amos europeos procurando que afecte a su popularidad lo menos posible. Tras años de demagogia continua, llenándose la boca con "los derechos de los trabajadores", sabe perfectamente que unos sumarios televisivos fáciles de entender, con cifras, cavarían aún más hondo su tumba política. De modo que, como siempre, hay que esconder la cruda realidad embarullándolo todo para que sólo se puedan enterar de la misma aquellos más atentos o preocupados por informarse.

No está claro que lo vaya a conseguir. La mentira funciona mejor en asuntos como el de la memoria histórica, por poner un ejemplo claro de tantos que nos ha brindado Zapatero, porque no son algo que afecte a los ciudadanos en su día a día. Un ciudadano normal puede pasar días, meses, años o toda su vida sin que la existencia de tal o cual placa en una calle le preocupe lo más mínimo, ni enterarse del debate político sobre el asunto ni de la existencia de la ley en cuestión. Pero cuando se le está tocando el bolsillo, su contrato, su pan de cada día, procura enterarse mucho mejor.

Pero como Zapatero está preocupado por su imagen, y no por nuestra economía, el proceso de aprobar la reforma está resultando esperpéntico. Primero, los continuos retrasos en la fecha del "ultimátum" a quienes dicen representar a trabajadores y empresarios. Y ahora, los cambios sustanciales al borrador de la reforma en apenas unas horas. Así, primero se decía que los ocho días por año trabajado los pagaría el Gobierno gracias a un incremento en las cotizaciones empresariales. Como esto no abarataba realmente el despido, y tras las más que probables quejas de la CEOE, ahora ese aumento se ha suavizado indicando que se compensará con la reducción de "otras cotizaciones empresariales". Parece que sólo las de la seguridad social son suficientemente cuantiosas para compensar unas con otras. De manera que a corto plazo la reforma laboral empeoraría el lamentable estado de nuestro insostenible sistema de pensiones, precisamente el tercer frente que podría tener que abrir Zapatero en el futuro cercano por orden de Bruselas.

Pero no se alarmen aún: nada nos extrañaría menos que el próximo documento del Gobierno no tuviera mucho que ver con los filtrados y que este sea a su vez distinto al que se apruebe la próxima semana. De un Gobierno cuya relación con la competencia profesional –ideologías aparte– se acerca a la del agua con el aceite cabe esperar cualquier cosa. Aun con Merkel mirando por encima del hombro.


 

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