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EDITORIAL

La izquierda democrática no está desamparada

La voz de Díez representa el sentir de cientos de miles de votantes socialistas, que asisten boquiabiertos e impotentes a la deriva radical e irresponsable de un Gobierno nefasto.

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Dos son las cuentas pendientes de la izquierda española con la democracia. En primer lugar, el llamado “patriotismo de partido”, un concepto arcaico y fascistoide, y por ende liberticida, que hoy en día sólo sostienen los nostálgicos del Muro. Junto a él, la aceptación de la igualdad ante la ley, un principio inherente al Estado de Derecho hacia el que no pocos socialistas manifiestan un mal disimulado desprecio.
 
En este contexto, la creación de Unidad, Progreso y Democracia (UPD), el nuevo partido liderado entre otros por la ex militante socialista Rosa Díez, cuya trayectoria no ha sido siempre todo lo coherente que cabría esperar –aún no ha explicado su ausencia de la triste votación sobre ETA celebrada el pasado mes de octubre en el Parlamento Europeo– constituye una novedad positiva en el panorama político español. Ante el escándalo de un Partido Socialista entregado a los postulados de la izquierda más reaccionaria, la iniciativa de Díez podría suponer un factor de democratización que contrarrestara los delirios nihilistas del actual líder del PSOE.
 
Sin embargo, son varios los peligros que acechan el loable esfuerzo de esta tenaz política vasca. Para empezar, Díez debe precaverse contra la afición al “vedettismo” de algunas de las personalidades que apoyan su nuevo partido. Nos referimos al sibilino y poco de fiar Fernando Savater, experto en el trazado de falaces equidistancias que sólo revelan una profunda amoralidad. A estas alturas, sólo un incauto confundiría la vanidad del profesor de Filosofía con la independencia intelectual. Una trayectoria que contrasta con la probidad de Mikel Buesa, cuyo discurso cabal y democrático es cuanto menos digno de elogio.
 
Además de cuidarse de oportunistas y bribones, UPD, cuya plataforma a favor de la igualdad entre todos los españoles y en contra del nacionalismo excluyente concuerda plenamente con algunos de los principios de la tradición liberal, debería abandonar los postulados más radicales del progresismo español, tales como la ira anticlerical y el intervencionismo. En principio, nada impide que el nuevo partido lleve a cabo en España el proceso de modernización realizado por la izquierda democrática en otros países occidentales, y de la que Rodríguez Zapatero y los suyos están más lejos cada día.
 
Por último, cabe pedirle a Rosa Díez que evite la tentación populista, el fácil y necio “contra todos” que sólo aporta confusión y que a menudo deviene amarga decepción tras el entusiasmo inicial de los desencantados con los partidos establecidos.
 
Pese a éstas y otras precauciones, lo cierto es que la voz de Díez representa el sentir de muchos cientos de miles de votantes socialistas, que asisten boquiabiertos e impotentes a la deriva radical e irresponsable de un Gobierno nefasto.  La ocasión la pintan calva.


 

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