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EDITORIAL

La mentalidad socialista en Grecia

Como todas las prebendas les han sido vendidas como "derechos" durante décadas, ¿cómo no protestar ante lo que, para esa mentalidad, es un ataque a sus derechos elementales?

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La retórica socialista, venga del partido que venga, consiste principalmente en calificar como "derechos" todo aquello que consideremos deseable y suponga un recorte en las libertades. Así, se considera un derecho impedir que empresario y trabajador se pongan de acuerdo en las condiciones del contrato laboral. O que el Estado pague unos salarios cada vez mayores a sus funcionarios y empleados de empresas públicas; en Grecia el salario medio del empleado de la empresa estatal de ferrocarriles es de 65.000 euros al año, de modo que sólo el gasto en personal multiplica por cuatro sus ingresos.

El problema es que todos los países europeos, unos más que otros, llevan décadas recibiendo como lluvia fina esta retórica, propugnada en los parlamentos, alabada en las tertulias, aceptada como un hecho incontrovertible en los telediarios. Y tanta lluvia fina acaba por calar. Así que cuando ha llegado el momento de abandonar la fiesta y ponerse a trabajar, porque se ha acabado el dinero, los políticos son incapaces de remar contra la corriente que ellos mismos han creado.

Aunque Papandreu sea consciente del pequeño problema de que Grecia, en la práctica, está quebrada, y parece que lo es, no puede lograr el acuerdo ni de la oposición ni de buena parte de su propio partido. Se enfrenta a multitudinarias manifestaciones de quienes son incapaces de entender que el primer ministro no los está haciendo más pobres: se limita a reconocerlo. Pero como todas las prebendas les han sido vendidas como "derechos" durante décadas, ¿cómo no protestar ante lo que, para esa mentalidad, es un ataque a sus derechos elementales?

No es muy distinto en ese sentido lo que se está viviendo en España con las manifestaciones y acampadas que cogen a los banqueros y políticos como chivo expiatorio y se niegan a aceptar ni una sola reforma que nos pueda poner en la senda del crecimiento y el empleo. "El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo intenta vivir a expensas de los demás", escribió Bastiat hace más de siglo y medio. Vivimos en una sociedad que en su mayoría no sólo vive bajo esa premisa, sino que considera el expolio del prójimo como un derecho fundamental. Por eso en Estados Unidos el descontento ha cobrado la forma de los Tea Party, que abogan por la reducción del peso del Gobierno en sus vidas, y aquí en la de los indignados, cuya única solución es una huida hacia delante.


 

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