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EDITORIAL

La mentira térmica de Gallardón

El problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.

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La reacción de Alberto Ruiz Gallardón ante las preguntas de esRadio y la confesión ante los micrófonos de la Sexta sobre su pasión irrefrenable por el Gran Wyoming da la medida justa del concepto de verdad, y de periodismo, que posee el alcalde de Madrid. Para el fracasado promotor de la capital de España como sede de los Juegos Olímpicos, el humorista de izquierdas es "muy buen periodista" –según confesó a la propia cadena de Roures en un estado francamente mejorable–; sin embargo, los periodistas que le preguntan por un asunto que preocupa a los madrileños no son más que "humoristas".

La gracieta sobre la central nuclear en la Asamblea de Madrid y la base de submarinos en el proyecto de Madrid Río, sin embargo, no han provocado en el auditorio las risas que parecía esperar el alcalde. Quizá sea porque resulta difícil reírse cuando se piensa que cualquiera de esos ridículos proyectos hubiera resultado menos oneroso para los madrileños que los faraónicos gastos en que ha incurrido Gallardón en sus años de alcalde, en los que ha multiplicado la deuda por cinco y ha convertido Madrid en la ciudad que acumula un cuarto de toda la deuda municipal y la mitad de la deuda de todas las capitales de provincia.

El coordinador general de Vivienda del Ayuntamiento de Madrid, Juan José de Gracia, reconocía poco después de esta escena que en Puente de Vallecas se está construyendo una central térmica. Hace bien, pues en el proyecto oficial de la construcción que se está llevando a cabo en ese barrio se menciona la central térmica al menos en 40 ocasiones, y lo de mentir con tanto descaro es más propio de políticos como Zapatero, Rubalcaba o su propio jefe.

Cabe preguntarse qué ha llevado, entonces, a Gallardón a mentir, parece que con el único objeto de burlarse de una periodista de esRadio y LDTV. No se puede dudar de que si hubiera trabajado para el Grupo Prisa, el alcalde se hubiera desvivido por contestar adecuadamente a sus preguntas. Al fin y al cabo, ya ha defendido públicamente la "libertad de expresión" de unos periodistas de la cadena SER condenados por publicar los nombres, apellidos y domicilios privados de una serie de afiliados al partido al que, teóricamente, pertenece Gallardón, mientras que ha demandado a otros periodistas por limitarse a expresar su opinión.

Quizá Gallardón no ha hecho otra cosa que hacerle pagar a una periodista su frustración. Al fin y al cabo, sus miles de asesores, los miles de millones de deuda que dejará como herencia y sus continuos fracasos olímpicos se han llevado por delante, para siempre, su antigua fama de buen gestor, que para muchos era suficiente como para perdonarle su afición por halagar a la izquierda y huir de la derecha que le vota. Además, su continua obsesión por ser califa en lugar del califa ha sido frustrada incluso por un líder tan débil como Mariano Rajoy, y parece ya difícil que pueda optar de nuevo al puesto, especialmente cuando sus únicos padrinos están en la ruina.

Y es que el problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.


 

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