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EDITORIAL

La miseria del nuevo capitalismo

Las políticas puestas en marcha hasta ahora por los gobiernos de las principales economías occidentales no han hecho sino desalentar la innovación, reprimir la espontaneidad y retrasar el cambio necesario.

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Mientras Barack Obama aterrizaba en Francia para participar en los actos conmemorativos del LXV aniversario del desembarco de Normandía, su Departamento de Trabajo anunciaba que el pasado mes de mayo el desempleo en los EE.UU. había alcanzado el 9,4%, la tasa más alta de los últimos 25 años. Si le sumamos los trabajadores recientemente despedidos que aún no han comenzado a buscar un nuevo empleo y los que se han visto forzados a pasar de la jornada completa a la parcial, la proporción de desempleados y subempleados involuntarios llega al 16% de la población activa.

Este es el trágico saldo de las intervenciones aprobadas desde el pasado mes de octubre y de otro fenómeno que podría lastrar la recuperación económica en aquel país: la paulatina pérdida de flexibilidad del mercado de trabajo fruto de la disminución de la movilidad geográfica de los norteamericanos, una consecuencia de la expansión de los subsidios y ayudas directas a los sectores en declive. Así las cosas, los nuevos planes de rescate anunciados por Obama alimentarán un círculo vicioso cuyas consecuencias a medio y largo plazo pueden ser funestas.

En Francia, donde el presidente Sarkozy proclama la llegada del nuevo capitalismo, las últimas cifras relativas al primer trimestre de 2009 arrojan un saldo estremecedor: más de medio millón de puestos de trabajo destruidos y una tasa de paro del 8,7%. La situación es especialmente grave entre los menores de 24 años, ya que uno de cada cuatro no tiene trabajo. La respuesta del Gobierno ha sido un plan de ayudas directas valorado en 1.300 millones de euros a las empresas que contraten a jóvenes en prácticas. En otras palabras, déficit y una distorsión más en el mercado de trabajo a través de la discriminación mal llamada positiva.

La situación en Gran Bretaña y en Alemania es mejor. Sin embargo, también allí los jóvenes son los más afectados por el paro. Además, la concentración de la desocupación en las ciudades ha llevado a los gobiernos de ambos países a intervenir para detener la caída del empleo en el sector servicios y frenar el desencanto de las clases medias, que según las encuestas cada vez son más proclives a reducir el peso del Estado en la economía nacional.

Esto explicaría el aumento de las expectativas de voto tanto de los conservadores ingleses como de los liberales alemanes, partidos que han reforzado sus mensajes a favor de la reducción real de impuestos, el recorte del gasto público y la simplificación de las leyes que rigen la contratación y la creación de nuevas empresas, sin introducir preferencias que desnaturalicen el mercado.

Toda recuperación económica pasa necesariamente por la consolidación de algunos sectores, la creación de otros nuevos y la desaparición de aquellas actividades convertidas en una pesada carga para todos. Sin embargo, las políticas puestas en marcha hasta ahora por los gobiernos de las principales economías occidentales no han hecho sino desalentar la innovación, reprimir la espontaneidad y retrasar el cambio necesario. Puro socialismo.


 

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