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EDITORIAL

Zapatero y la urgencia democrática del cambio

Zapatero se ha quedado sólo en el parlamento, ha perdido el apoyo de alguno de sus principales arietes mediáticos e incluso dentro de su partido se le desprecia como mal gestor o déspota. Es hora de que cese en su cargo.

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La gran ventaja de la democracia como sistema político es que permite que las opiniones de toda la población estén representadas en los órganos de poder y que, por tanto, se gobierne según el criterio de la mayoría. Por supuesto, este resultado no es ni mucho menos condición suficiente para que emerja una sociedad libre –de ahí los contrapesos constitucionales a la acción política y la separación de poderes– pero sí suele ser una condición necesaria: que los políticos gobiernen sometidos a la mayoría limita su discrecionalidad y abre las puertas a un cambio pacífico cuando la mayoría social se desencanta de la clase dirigente.

Claro que el político tampoco es un simple ejecutor de las órdenes claras y precisas de la ciudadanía. En los sistemas democráticos suele existir una cierta realimentación entre gobernantes y gobernados que, dentro de sus límites, resulta beneficiosa. Los políticos responsables y con las ideas claras han de explicar y persuadir sobre la pertinencia de unas decisiones que la mayoría tal vez no entienda pese a resultar vitales para sus intereses. De ahí que las elecciones se realicen en períodos de al menos cuatro años: los gobernantes deben tener un tiempo para implementar sus programas y para que empiecen a brotar sus supuestos buenos frutos. Si cada mes se celebraran unos comicios generales, muy probablemente los asuntos públicos se volverían ingobernables.

Lo cual, sin embargo, no significa que un político tenga derecho a ocupar el poder aun en contra del deseo de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Ganar unas elecciones no pone fin a la soberanía popular durante un período de cuatro años, simplemente inaugura una legislatura que puede durar hasta cuatro años, siempre y cuando el proyecto político que iba a desplegarse no se agote con anterioridad. Por ello existen las mociones de censura, las cuestiones de confianza o las elecciones anticipadas; instrumentos que permiten o sustituir a un proyecto político muerto o que sea el pueblo soberano quien se pronuncie sobre el rumbo de los acontecimientos.

Zapatero puede optar por tomar La Moncloa hasta la primavera de 2012. Si en el Congreso no cristaliza una mayoría suficiente para sacar adelante una moción de censura, será él quien tenga la competencia para decidir cuándo irse. Sin embargo, lo deseable desde un punto de vista democrático –ya no sólo político o económico– sería que se marchara de inmediato. Durante la anterior legislatura y una parte de ésta, podía aducirse que Zapatero gobernaba legitimado por una mayoría social que buscaba suicidarse como nación; en cambio, desde hace varios meses es a todas luces evidente que ni siquiera esa parte de la ciudadanía le otorga su apoyo.

Tras llegar al poder manipulando y engañando a la población sobre nuestra auténtica situación política y económica, el proyecto de Zapatero no ha hecho más que agonizar. Las medidas desastrosas que tuvo que adoptar para no reconocer a los pocos meses de los comicios que había mentido de manera generalizada nos han abocado a una situación crítica que ahora le obliga a enmendar todo su programa ideológico.

Aparte del clamor social contra el presidente –reflejado en parte en las encuestas de intención de voto o en el reciente malestar que se vive en el ejército y el funcionariado–, Zapatero se ha quedado sólo en el parlamento, ha perdido el apoyo de alguno de sus principales arietes mediáticos e incluso dentro de su partido se le desprecia como mal gestor o déspota.

Parece claro que la decencia democrática exige que Zapatero plantee, como mínimo, una cuestión de confianza, ceda su cargo a otro socialista o, como opción óptima, convoque elecciones anticipadas.

Si la situación económica es insostenible, la política no lo es menos; y de hecho, la insostenibilidad de la segunda es en parte causa de la primera. Claro que si Zapatero ha optado por llevarnos a la bancarrota económica también puede optar por arrastraros hacia la bancarrota política. En las manos de todos los partidos –incluido un PSOE que parece creerse un apéndice de Zapatero y un PP todavía muy tímido a la hora de pedir un cambio inmediato– está evitarlo.


 

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