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EDITORIAL

Las generales gallegas...

Populares y socialistas han decidido a última hora convertir las gallegas en una previa de las generales y en esta metamorfosis electoral no han vacilado en vilipendiar a sus respectivos candidatos, a quienes van a tener responsabilidades de gobierno.

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Pese a que estemos oficialmente en jornada de reflexión –un día en el que los legisladores insultan la inteligencia de los españoles aislándoles de cualquier ruido ambiental que pueda influirles el voto como si de niños inmaduros se tratara– mañana se celebran elecciones en Galicia y parece conveniente que reflexionemos.

Desde el giro de estrategia del PP, las elecciones gallegas se han convertido inevitablemente en un referéndum sobre el liderazgo de Rajoy. No en vano, aparte del hecho relevante de que éste fuera vicepresidente de la Xunta, son los primeros comicios en los que podrán validarse los nuevos principios del PP. Sin embargo, habida cuenta de la endeble posición de Rajoy dentro de su partido, lo último que necesitaba el popular era volver a perder las elecciones frente al Gobierno bipartito del PSOE y los nacionalistas. Por este motivo, la dirección del PP siempre intentó desligarse del resultado electoral: en Galicia se evalúa a Feijóo, en el País Vasco a Basagoiti y en las venideras europeas a Mayor Oreja. En ningún caso, la estrategia de Rajoy iba a ser sometida a un plebiscito popular.

Pero hete aquí que cuando los vientos parecen haberse puesto a su favor en las encuestas, gracias entre otras cosas a los desmesurados lujos de Touriño y Quintana, Rajoy se ha decidido a apuntalar su imagen y capitalizar una eventual mayoría absoluta en Galicia. Sólo así se explica que en el vídeo de cierre de campaña, Feijóo, el hombre que sí se presenta a las elecciones y que se postula como capacitado para gobernar las vidas de más de 2,5 millones de gallegos, sólo aparezca dos segundos. Desde luego, marginando a Feijóo no se transmite la imagen de que sea un líder especialmente dotado para la acción de gobierno. Si no es capaz de pedir el voto, ¿cómo va a dirigir la Xunta? Parece que los cálculos de Rajoy para estas elecciones no pasan tanto por proporcionar a los gallegos el mejor Ejecutivo posible como por consolidar su liderazgo nacional aun a costa de la credibilidad de su candidato a la Xunta.

Ahora bien, si Rajoy ha antepuesto sus intereses particulares a los de Galicia, qué no decir de Zapatero. El presidente del Gobierno siempre se ha vanagloriado de que desde su llegada a la Secretaría General del PSOE, los socialistas han mejorado sus resultados en los distintos comicios que se han celebrado. Al margen de que esto dejara de ser cierto en las municipales de 2007, Zapatero sí se jugaba en Galicia la primera derrota clara de su PSOE, algo que en plena crisis económica podría precipitar una decadencia en sus expectativas electorales.

Por este motivo, Zapatero ha tenido que acudir de manera inesperada a cerrar la campaña en Galicia recurriendo a sus manidos tópicos de siempre: Feijóo es Rajoy, Rajoy es Aznar, Aznar es Bush y Bush es el mal personificado. Aun sin echar mano de la guerra de Irak, Zapatero sí ha amenazado a los gallegos con una catástrofe política neoconservadora si el PP logra la mayoría absoluta. De hecho, ha llegado a afirmar sin que se le moviera una ceja, que "votar a Touriño es como votarme a mí". Dicho de otra manera, lo importante, en lo que ha de pensar el votante cuando acuda a la urna, no es en el actual presidente de la Xunta, sino en Zapatero. Votar a Touriño no sólo es votar a Zapatero; más importante, votar a Feijóo es votar contra Zapatero, y eso, asume el presidente del Gobierno, no puede suceder en su España.

En todo caso, populares y socialistas han decidido a última hora convertir las gallegas en una previa de las generales de, en principio, 2012; probablemente porque sus escenarios postelectorales sean muy similares: o el PP obtiene mayoría absoluta o el PSOE pacta con los nacionalistas. Y en esta metamorfosis electoral no han vacilado en vilipendiar a sus respectivos candidatos, a quienes van a tener responsabilidades de gobierno. De nuevo, la política se convierte en un arte para obtener el poder y alcanzar los privilegios que ello conlleva y no en un proceso por el que se selecciona a los gestores más honrados y capaces para la cosa pública. 

Y este mismo baile de egos inflados de Zapatero y Rajoy es lo que les ha llevado a desatender a los comicios vascos en el último día de campaña, pese a que su resultado probablemente sea mucho más decisivo para el futuro de la libertad y de España que el de Galicia. No piense el lector que nosotros también nos hemos olvidado del drama vasco; precisamente hemos puestos los puntos suspensivos en el título de este editorial porque dejamos este asunto fundamental para mañana.


 

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