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EDITORIAL

Las "miembras" de Aído y su teléfono para maltratadores

Se queda Aído y su flamante ministerio, tan de nuevo cuño como los vocablos que inventa su titular, en la nada más absoluta, haciendo buenas las previsiones que auguraban que esa cartera era pura filfa propagandística.

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Poco importa que, en la lengua española, por su naturaleza y por una cuestión de economía en el lenguaje, el masculino designe con frecuencia a ambos géneros. Así, decir nosotros es lo mismo que decir nosotros y nosotras. Semejante cualidad del español no implica sexismo, sino que demuestra lo evolucionada que está nuestra lengua y, al tiempo, nos habla de sus orígenes latinos. Algo tan básico y de lo que no cabe avergonzarse bajo ningún concepto se ha constituido en el principal enemigo de la corrección política en su variante lingüística. Socialistas, comunistas y otros apóstoles de lo correcto han emprendido una cruzada contra la propia lógica de la lengua que, a fin de cuentas, no es más que un código de comunicación legatario de una larguísima tradición pero cuyas normas están debidamente fijadas.

El Partido Socialista, empeñado en transformar la realidad hasta en el discurso diario de la gente común, insiste con terquedad en enunciar siempre los sustantivos en masculino y femenino. Así, por ejemplo, nació lo de ciudadanos y ciudadanas, derivado posteriormente en el célebre "vascos y vascas" del lehendakari Ibarretxe. Curiosamente nadie habla de españoles y españolas aunque, como es obvio, haberlos haylos y haylas, pero España no es precisamente objeto de culto de lo políticamente correcto. Con todo, los vocablos "vasco" o "ciudadano" tienen su versión femenina y el ridículo se queda en lo meramente semántico. En algunos casos extremos, como en el de la esposa de Felipe González, Carmen Romero, que hace años acuñó el término "jóvenas", o en el de la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, que acaba de parir el neologismo "miembras" para referirse a las componentes de su comisión, lo absurdo se junta con lo grotesco. En esas, por desgracia, estamos.

Invenciones léxicas al margen, el paquete de medidas que la ministra prometió lanzar para poner coto a la ola de violencia doméstica se ha quedado en una simpleza antológica. Aído aspira a solucionar un asunto tan grave abriendo una línea de teléfono para que los potenciales maltratadores se desahoguen a través de ella. Eso y su apuesta personal por la ley contra la violencia de género, ampliamente criticada por muchos sectores sociales y que no ha conseguido ni de lejos el objetivo que perseguía. Se queda, pues, Aído y su flamante ministerio, tan de nuevo cuño como los vocablos que inventa su titular, en la nada más absoluta, haciendo buenas las previsiones que auguraban que esa cartera era pura filfa propagandística.


 

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