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EDITORIAL

Los ayatolás no votan a Obama

El enroque de Irán constituye el primer fracaso de la política exterior del presidente norteamericano, cuya retórica meliflua ha sido incapaz de conseguir un cambio positivo en la política del Gobierno de Irán.

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Pese a las esperanzas creadas por el candidato llamado reformista a la presidencia de Irán, que al contrario de lo que se afirma en algunos medios de comunicación y en ciertos libros de texto de Educación para la Ciudadanía no es la mayor democracia de Oriente Medio, sino una cruel teocracia, el Gobierno de aquel país ha dado como vencedor de las elecciones presidenciales al candidato oficialista, Mahmoud Ahmadinejad.

Los disturbios protagonizados por la reacción airada de miles de personas que, hartas de la falta de libertad que vive su país, han atacado la sede del Ministerio del Interior y a las fuerzas de la temida policía secreta, se han saldado con el cierre de un diario opositor y el bloqueo de las páginas web de varios medios de comunicación extranjeros. Una vez más, la dictadura iraní recurre a la censura para evitar que los ciudadanos accedan a informaciones y opiniones que no hayan pasado por el filtro estatal. Obviamente, nada de esto puede ser llamado democrático por mucho que la izquierda se empeñe en hacernos creer lo contrario.

Por otra parte, la reelección de Ahamadinejad demuestra que ni el Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ni su Consejo de Guardianes parecen haber escuchado los mensajes de diálogo y apaciguamiento lanzados desde Washington y El Cairo por Barack Obama. El enroque de Irán constituye el primer fracaso de la política exterior del presidente norteamericano, cuya retórica meliflua ha sido incapaz hasta ahora de conseguir un cambio positivo en la política del Gobierno de Irán, que ha hecho de la guerra contra Occidente y de la destrucción de Israel su principal razón de ser.

De poco servirán las protestas y las acusaciones de fraude electoral, una constante en Irán a la que las autoridades han respondido con más violencia y represión, a menos que la comunidad internacional, y especialmente potencias como Rusia y la Unión Europea, adopten de una vez una postura firme y clara respecto a un régimen cuyo objetivo manifiesto es la desestabilización de Oriente Medio mediante el apoyo a grupos terroristas y un programa nuclear ante el que la táctica diplomática se ha mostrado impotente.

Votar a favor de tibias sanciones económicas mientras se envían delegaciones comerciales a Teherán y se despliegan soldados para garantizar la seguridad de Hezbolá en el sur del Líbano es una incoherencia que ni siquera sirve para apaciguar a la bestia que hasta ahora ha sabido sacar el máximo beneficio a la duplicidad rusa, la complacencia china y la inanidad europea. Sólo faltaba que Estados Unidos cambiase su posición para que los ayatolás se envalentonasen.

Irán necesita las inversiones y el saber hacer occidentales tanto o más que nosotros su crudo. La paulatina reducción de su producción y el aumento de la demanda interna, que amenazan con reducir los beneficios del petróleo a cero en pocos años, deberían aprovecharse para poner al régimen contra las cuerdas. Ha llegado el momento de que la Unión Europea se plantee de forma seria la posibilidad de ir más allá de las resoluciones de la ONU y de las sucesivas rondas de negociaciones y hablar a las autoridades iraníes en el único lenguaje que parecen entender.


 

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