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EDITORIAL

Los socios de Sánchez, contra la Monarquía de todos: el PSOE es culpable

El problema no es sólo Sánchez; es sobre todo su partido putrefacto.

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Los partidos separatistas han dado este lunes en el Congreso de los Diputados un espectáculo bochornoso cargado de simbolismo. Encabezados por el sicofanta Gabriel Rufián, lacayo del condenado golpista Oriol Junqueras, la "banda" de Sánchez (Albert Rivera dixit) perpetró un plante a los Reyes en el acto solemne de apertura de la legislatura. Además, leyó ante la prensa un libelo infame en el que se tachaba a la Corona de antidemocrática y se clamaba por la instauración de repúblicas tan liberticidas como ellos en las regiones que tienen la desgracia de padecerlos.

En efecto: los sostenedores del Gobierno de Pedro Sánchez han vuelto a dejar claro, en la sede de la soberanía nacional, que su gran objetivo es la voladura del orden constitucional y la destrucción de la Nación. "Ahora, España", decía el eslogan de campaña del Gran Felón.

El PSOE de Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Carmen Calvo y Adriana Lastra, que es el mismo que el de Emiliano García-Page, Guillermo Fernández Vara, Javier Lambán y Susana Díaz, lleva meses agitando orwellianamente el espantajo de la ultraderecha siguiendo el guion establecido por el mercenario Iván Redondo, que tan a gusto trabajó con Xavier García Albiol, mientras empotra en el Gobierno con rango de vicepresidente a un esbirro chavista de la República Islámica de Irán y se echa en brazos de proetarras y golpistas en ejercicio. Es, pues, el PSOE de Sánchez (y Ábalos, Calvo, Lastra, García-Page, Fernández Vara, Lambán, Díaz...) quien propicia el ataque a la Monarquía de todos por parte de lo más repulsivo de la política nacional; ataque que tiene una poderosísima carga simbólica porque entraña una amenaza real al orden constitucional.

No manera de engañarse ya: el problema no es sólo Sánchez; es sobre todo su partido putrefacto, que no es que haya coqueteado con los antisistema sino que se ha convertido en su cómplice, en su cooperador necesario para su vasta empresa de demoliciones, que diría aquel otro pirómano formidable que jugó con fuego y se acabó quemando tras sumir a España en su hora más negra del s. XX.

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