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EDITORIAL

Moratinos, Mohamed y el festival del despropósito

Pocas veces los intereses de un ministro han sido tan contrarios a los intereses de España, y nunca antes se habían expuesto de un modo tan desvergonzado

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La visita de Sus Majestades los Reyes a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla ha sido un éxito sin paliativos. Miles de personas han salido a recibir a Juan Carlos y Sofía con entusiasmo y alegría, portando banderas de España y recordando a quien quisiese oírlo que son, ante todo, españoles como los de cualquier otra región. Un baño de patriotismo como el de estos dos días en las ciudades más españolas de África no se veía desde hace mucho tiempo, y da fe inequívoca del sentimiento nacional que anida en la mayor parte de ceutíes y melillenses. Los monarcas, que hace no mucho tuvieron que contemplar cómo se quemaban fotos del Rey en algunas ciudades catalanas, han obtenido un justo desquite observando como esa parte del pueblo español que reside en Ceuta y Melilla está con ellos, que, a estas alturas, es lo mismo que decir que se está con España.

Ante una ocasión tan afortunada en la que la bandera de todos ha vuelto a salir a la calle sin pedir perdón, sólo dos personajes han ensombrecido lo que, por decisión de los ciudadanos de Ceuta y Melilla, ha sido una fiesta cívica. Se trata, evidentemente, de Miguel Ángel Moratinos y de Mohamed VI, rey de Marruecos. El pataleo del autócrata alauita era más que previsible. Desde hace una semana se venía calentando el ambiente en el país vecino y su Gobierno llegó a convocar una manifestación en Tetuán que, como era de esperar, pasó sin pena ni gloria. Los derechos históricos que el reino de Marruecos tiene sobre Ceuta y Melilla son nulos y ninguna de las dos ciudades ha tenido jamás intención alguna de integrarse en Marruecos, país que, dicho sea de paso, nació mucho después de la incorporación de Ceuta y Melilla a España.

Pero para Mohamed, heredero en casi todo de su padre, el rey-dictador Hassan II, no importan ni la Historia ni los acuerdos que sus predecesores firmaron en el pasado reconociendo explícitamente la españolidad de Ceuta y Melilla. Sigue empeñado en que estas dos ciudades son marroquíes porque sí, y parece dispuesto a cualquier cosa con tal de arrebatárselas a sus habitantes, que ni son marroquíes ni han querido serlo nunca. Por lo demás, se cree investido de una autoridad que traspasa las fronteras de su propio país y amenaza al nuestro con "consecuencias" por un viaje de los reyes de España a dos ciudades que son españolas desde hace más de quinientos años. Desconocemos cuáles son esas "consecuencias", pero no haría mal el Gobierno en prevenir males mayores, porque los menores ya están hechos con el embajador llamado a consultas en Rabat y las relaciones bilaterales seriamente dañadas.

Si lo de Mohamed entra dentro de lo predecible en un monarca absoluto que rige con mano de hierro un país arruinado cuya exportación principal son los emigrantes ilegales, lo del ministro Moratinos es, simplemente, un disparate de primera categoría. Lo suyo y lo de su secretario de Estado, el inefable Bernardino León, que lo mismo apoya abiertamente al líder islamista Tarik Ramadán que compara la situación de Ceuta y Melilla, ciudades españolas de pleno derecho, con la de Gibraltar, colonia británica incrustada en la provincia de Cádiz. Moratinos, dejando las comparaciones a su mandado, ha pedido comprensión para Mohamed tratando de justificar la demanda del Gobierno marroquí. Es decir, que en lugar de meterse en el pellejo de sus compatriotas y ejercer de ministro del Gobierno de España, ha roto una lanza por los que, sin motivo alguno, quieren desposeer a nuestra nación de dos de sus ciudades.

De los muchos desatinos del ministro de Exteriores quizá sea éste el mayor de todos ellos. Pocas veces los intereses de un ministro han sido tan contrarios a los intereses de España, y nunca antes se habían expuesto de un modo tan desvergonzado. Por esta, y por unas cuantas ineptitudes más, Moratinos no debería seguir al frente de una cartera tan delicada como Exteriores. Carece de la formación más elemental y confunde sus filias y sus fobias personales con la alta política que se le ha encomendado.


 

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