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EDITORIAL

Moscú, enésima matanza islamista

Su motivación es precisa y no cejará hasta conseguir su objetivo final: rendir a Occidente mediante el miedo que nace del terror que los yihadistas administran sobre la indefensa población civil.

EDITORIAL
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A primera hora de la mañana de ayer el terrorismo islámico sembró de dolor y muerte el metro de Moscú. A falta de que concluya la investigación que está llevando a cabo la policía moscovita, un total de 38 personas han perecido en el atentado, 25 en la estación de Lubyanka y 13 en la de Park Kultury. Una matanza sin nombre perpetrada, según han revelado las autoridades rusas, por dos terroristas suicidas de origen checheno, dos viudas de terroristas abatidos por el ejército que han hecho explotar dentro de los vagones sendos cinturones forrados de explosivos. Y todo en plena hora punta con el metro atestado de gente.

El atentado de Moscú es la enésima matanza que se apunta el yihadismo islamista. Aunque el número de muertos sea menor al de otros atentados, la planificación, el método y los objetivos son los mismos que en ocasiones anteriores. Una vez más, los terroristas se aprovechan de las facilidades que ofrece la sociedad abierta para desangrarla desde dentro mediante espectaculares acciones en lugares muy concurridos. Matar en un autobús, un tren de cercanías o un convoy del metro tiene la ventaja de que magnifica el efecto del atentado con un baño de sangre difícil de asimilar para la sociedad, que suele quedar en estado de shock tras el atentado. Sucedió en Nueva York o en Londres y ya está sucediendo en Moscú, silente y conmocionada ante el horror.

Casi nueve años después del 11-S, el terrorismo islámico sigue siendo la principal amenaza para la seguridad internacional. Nada lo ha frenado y se continúa alimentando de las mismas fuentes teóricas y financieras que hace una década. Su motivación es precisa y no cejará hasta conseguir su objetivo final de rendir a Occidente mediante el miedo que nace del terror que los yihadistas administran sobre la indefensa población civil. Su naturaleza no es ya a estas alturas un misterio. El islámico es una variante de terrorismo perfectamente estudiado y al que se puede combatir si los Gobiernos adoptan las medidas adecuadas.

Los Estados Unidos han conseguido mantener al islamismo a raya dentro de sus fronteras convencidos de que es el enemigo y tiene que ser derrotado cueste lo que cueste. Gracias a esa visión, el 11-S ha sido el último atentado islámico en Estados Unidos. En España el Gobierno que sucedió al 11-M se rindió preventivamente ante un islamismo que consideró culpable; escogió un atajo, el de la rendición para, acto seguido, poner en marcha la “Alianza de civilizaciones”, un camelo buenista para mentes simples plenamente inoperante desde el principio y que no ha conseguido más adhesión que la puramente retórica de algunos líderes del Tercer Mundo. Zapatero, a diferencia de Bush, de Blair o de Vladimir Putin, no se toma el terrorismo en serio porque, en su trastornada cosmovisión, los terroristas lo son porque no les han dejado ser otra cosa.

Los muertos aun calientes de Moscú nos despiertan del opiáceo zapaterino y nos devuelven a la realidad. Las asesinas del metro moscovita sabían muy bien lo que hacían y por qué lo hacían. Sabían que con su execrable decisión de inmolarse iba a morir de un modo espantoso muchísima gente inocente. Eran, en definitiva, muy conscientes de la razón y el alcance de su aborrecible crimen. Esto es el terrorismo, con la diferencia de que el de corte islamista parte de unos presupuestos muy definidos que a nosotros, sus víctimas del mundo libre, nos corresponde cortar de cuajo al coste que haga falta. 


 

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