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EDITORIAL

Obama se enreda con el mito de Al-Andalus

Ni Córdoba ni Al-Andalus fueron ese paraíso de concordia infinita entre musulmanes, judíos y cristianos que cierta historiografía desinformada ha perpetuado.

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Obama buscaba el aplauso en El Cairo y lo consiguió. Buscaba el mantra pacifista-conciliador que a todos complace y lo consiguió. Buscaba la foto sonriente, el auditorio entregado y lo consiguió. Poco importa ya que lo hiciese a costa de caer en los consabidos tópicos buenistas de siempre y de pegar una innecesaria y sonora patada a la historia de España, su fórmula funciona y es tremendamente eficaz. El presidente de Estados Unidos se ha revelado como el mejor alumno del discurso de la nada que le es tan propio a Rodríguez Zapatero. Ha comprendido que no importa tanto lo qué se dice como a quien se dice y en qué modo se dice. Bucea a placer en el actual lenguaje político, un politiqués degradado y reducido a la mínima expresión, al eslogan publicitario y a la retórica hueca que tanto tranquiliza las conciencias de un Occidente sumido en el complejo de culpa.

Recurrir al mito de Al-Andalus no es cosa de Obama, ni siquiera de los palmeros que Zapatero tiene jaleando su alianza de civilizaciones. Se trata de una treta dialéctica muy común entre los progresistas de todo el mundo. Partiendo del aborrecimiento incondicional hacia Occidente inventan una edad de oro de la tolerancia y la cultura que viene a corresponderse con el califato que, durante un breve periodo de tiempo en la Alta Edad Media, rigió los destinos de buena parte de la península ibérica desde Córdoba. No hay evidencia histórica alguna que corrobore ese mundo perdido donde musulmanes, cristianos y judíos conviviesen en perfecta armonía y respeto mutuo. Muy al contrario. El califato de Córdoba y, posteriormente, las taifas regionales que le sucedieron, fueron regímenes teocráticos donde el islam llevó la voz cantante y la disidencia religiosa nunca fue bienvenida.

Así, las comunidades cristianas y hebreas que quedaron bajo dominio musulmán eran consideradas dhimmis o sometidas y, como consecuencia de ello, estaban sujetas a una tributación especial y condenadas a un vasallaje de segunda. Eso siempre y cuando no se desatase una persecución religiosa dentro del califato, como los pogromos que se produjeron en los siglos XI y XII en casi todas las ciudades andalusíes. La convivencia de las célebres "tres culturas" dentro de Al-Andalus fue siempre complicada y estuvo marcada durante siglos por continuas fricciones de tipo religioso. Los no musulmanes padecían una legislación propia y generalmente humillante. No es exagerado decir que durante la ocupación islámica de España y Portugal, existió un apartheid consagrado por la Ley entre musulmanes de un lado y cristianos y judíos del otro. En resumen, ni Córdoba ni Al-Andalus fueron ese paraíso de concordia infinita entre musulmanes, judíos y cristianos que cierta historiografía desinformada ha perpetuado. Este, evidentemente, no es el mundo feliz y tolerante al que se refiere Obama.

Pero si sobre las relaciones interreligiosas dentro de Al-Andalus existe aún debate y posiciones encontradas no lo hay ni lo ha habido nunca sobre la cronología de la Inquisición. Decir que coexistieron en el tiempo la Córdoba andalusí y la Inquisición es un disparate que demuestra hasta qué punto el presidente del país más importante del mundo es un iletrado en temas históricos. El califato de Córdoba, encarnación más pura del concepto de Al-Andalus, desapareció en el año 1031 después de apenas cien años de existencia. La Inquisición, por su parte, fue una institución creada en 1478 mediante una Bula papal por los Reyes Católicos. Entre la Córdoba califal, pretendidamente tolerante y modelo que Obama ofrece al mundo islámico, y el reinado de los Reyes Católicos median 500 años de historia, los mismos, aproximadamente, que duró la Hispania romana o el actual reino de España, que nació como monarquía unificada a finales del siglo XV. 

Si este mito de Al-Andalus, aderezado con garrafales errores históricos, es el plan de Obama para Oriente Medio cualquier cosa, mala necesariamente, puede suceder en el corto plazo. Para entonces de poco servirán los discursos grandilocuentes, las ovaciones cerradas y las apelaciones a un tiempo y un país que nunca existieron.


 

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