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EDITORIAL

Perder una batalla ganada

Al PP se le podría presentar una campaña sencilla en lo que a terrorismo y nacionalismo se refiere. Sin embargo, Rajoy y los suyos parecen haber decidido abandonar en esta precampaña posiciones de principio que han mantenido durante toda la legislatura

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No cabe duda de que si el PP gana las próximas elecciones no será debido a sus enormes aciertos en su labor de oposición, sino a la nefasta labor de Rodríguez Zapatero y sus ministros, Maleni especialmente incluida, en su tarea de gobierno, así como la renuncia del PSOE a defender una idea de España frente a los nacionalismos. Este último día de la Constitución de la legislatura nos ha dado dos excelentes pruebas de ello.

Tras el asesinato de dos guardias civiles por parte de ETA, el PSOE se movió rápido e inteligentemente en apoyo de sus intereses, que no son otros que los de esconder que hace unos meses, en el mejor de los casos, se sentaban con esos indeseables y los llamaban "hombres de paz". Así, organizó una concentración con un lema aceptable para el PP para así escenificar una imposible unidad de todas las fuerzas políticas frente a la banda terrorista que hiciera olvidar su traición al pacto antiterrorista, la única unidad útil, pues era un proyecto común, no una mera pose ante las cámaras.

Sin embargo, el vacío que los ciudadanos hicieron ante esa demostración de hipocresía ha permitido que la jugada propagandística quedara en ridículo. La gente acude a las manifestaciones que piden luchar contra ETA mediante medidas concretas que nos coloquen en la dirección adecuada, como es la ilegalización de ANV y PCTV y la revocación de la resolución del Congreso que permite negociar con la banda. Pero Rajoy, que ya había debilitado su posición dejando de acudir a la última manifestación de la AVT y asistiendo en cambio a la del Gobierno, ha declarado en este día de la Constitución que no le pedirá al Gobierno que diga que no va a volver a negociar, volviendo a regalarle al Gobierno la posibilidad de esconder el penoso historial de una legislatura marcada por el proceso de rendición.

Por otra parte, personas de dentro de su partido junto con diversas personalidades del mundo social y político elaboraron en octubre una excelente propuesta de reforma de la Constitución diseñada para frenar la deriva independentista. No es una lista de deseos, sino un texto concreto que podría aprobarse directamente si así se decidiera, pero que sobre todo sirve como base para una futura discusión entre los dos grandes partidos. Pero el PP ha perdido la oportunidad que suponía el día de la Constitución para hacerla suya.

Una postura clara y decidida por una reforma constitucional, y no por un "nuevo consenso" vacío de contenido tendría réditos electorales, como muestra la encuesta que acaba de hacer pública la Fundación DENAES, que indica que tres cuartas partes de los españoles serían favorables a un cambio en nuestra Constitución que impidiera que la gobernabilidad de España dependiera de los nacionalistas, garantizase una educación en castellano en todo el país y recuperara para la administración central las competencias educativas y la decisión sobre el destino de los impuestos recaudados. Un apoyo muy extendido, también, entre los votantes socialistas. El único pero que podría aducírsele es que reduciría las posibilidades de pactar con los nacionalistas, pero que Rajoy no se engañe: con esta propuesta o sin ella dicha dificultad será la misma.

Al PP se le podría presentar una campaña sencilla en lo que a dos de los principales frentes de batalla se refiere: terrorismo y nacionalismo. Si además a esto se le suma su atractivo programa económico, que ha logrado aunar el interés a izquierdas y derechas, estaría en una posición envidiable para encarar la recta final. Sin embargo, Rajoy y los suyos parecen haber decidido abandonar en esta precampaña posiciones de principio que han mantenido durante toda la legislatura (recordemos la recogida de firmas contra el estatuto y la acusación a Zapatero de haber traicionado a los muertos). Además, no son posiciones necesariamente "de derechas", sino auténticamente transversales, que no debieran provocar el miedo a "perder el centro", ese mantra arriolista. Pero se ve que, ahora que lo tienen todo para ganar, han elegido perder. Si no fuera por las dramáticas consecuencias que eso tendrá para España, casi podríamos decir que se lo merecen.


 

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