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EDITORIAL

...pero el que calla es Rajoy

Rajoy se ha limitado a responder a los periodistas con un "buenos dias" o con un "hay cosas más importantes en las que pensar". ¿Tan poco valora la reputación y la transparencia de su partido como para ni siquiera aclarar las dudas que pesan sobre el PP?

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Si ayer decíamos que Garzón debía callarse para que la Justicia pudiera hablar, hoy no queda más que lamentar un silencio que nunca debería haberse producido, el de Mariano Rajoy. Unas cosa es criticar las filtraciones, las actuaciones judiciales procesalmente indebidas o reivindicar la voz de los tribunales que tienen competencias para dictaminar en determinados casos, y otra, muy distinta, respaldar el hermetismo político.

Tras los numerosos indicios y graves acusaciones contra el senador y tesorero del PP, Luis Barcenas, y el eurodiputado de ese partido, Gerardo Galeote, que se detallan en el auto de remisión de la causa de la llamada "operación Gürtel", Libertad Digital ya ha expresado su deseo de que los tribunales de justicia con competencias para ello se pronuncien. Ahora bien, esta actitud, así como las numerosas y fundadas críticas que desde estas páginas hemos dirigido al juez Garzón, en modo alguno deben interpretarse como un respaldo al clamoroso y vergonzoso silencio que este miércoles ha protagonizado Rajoy en todo este asunto. Su actitud ni siquiera se ha escudado en el principio de presunción de inocencia, sino que se ha convertido en una muestra de enorme irresponsabilidad política. La cerrazón del líder de la oposición ante unas acusaciones de semejante calibre contra miembros de su partido –uno de los cuales cae bajo su directa responsabilidad– no puede más que denotar una lamentable falta de liderazgo.

Y es que, aun cuando Rajoy hubiera decidido cesar de sus responsabilidades a los dos políticos aforados, tal y como se ha hecho en otras ocasiones, no tendría por qué haberse interpretado como un cuestionamiento a su presunción de inocencia, sino más bien como un intento de, además de ser supuestamente honrados, parecerlo. No en vano, nadie podrá objetar que en política resulta conveniente que un puesto tan delicado y crucial como el de tesorero de partido no esté contaminado por la más mínima sombra de sospecha.

Pero aparte de que no parece lo más inteligente tratar de defender la presunción de inocencia de ambos aforados guardando en todo momento silencio y convirtiendo el tema en tabú, Rajoy, como líder del PP, debería haber despejado cualquier atisbo de duda sobre la honorabilidad de su partido. Si es cierto que, como señalábamos ayer, no estamos ante una reedición popular de Filesa, Rajoy debería haber señalado que, aun cuando Garzón estuviera en lo cierto, el partido en modo alguno quedaría implicado, sino que se trataría estrictamente de casos de corrupción individual. Sin embargo no lo ha hecho: se ha limitado a responder a los periodistas con un "buenos dias" o con un "hay cosas más importantes en las que pensar". ¿Tan poco valora la reputación y la transparencia de su partido como para ni siquiera aclarar las dudas que pesan sobre el PP?

Desde luego, cuando ante acusaciones tan graves –aun provenientes de alguien tan desacreditado como Garzón– se hace mutis por el foro, se disparan todas las alarmas y las sospechas. Especialmente cuando el silente Rajoy mostró una actitud histriónicamente beligerante contra el affaire de espionaje de la Comunidad de Madrid; y lo hizo con indicios mucho menos numerosos y probatorios que los que ahora cuestionan a Bárcenas. ¿Qué sucede? ¿Acaso el supuesto rigor y susceptibilidad que exteriorizaba Rajoy es mayor cuando se trata de acusaciones dirigidas contra los subordinados de Esperanza Aguirre que cuando afectan a sus directos subordinados? Si fuera así –y de momento lo está siendo– el actual presidente de los populares no sólo quedaría en muy mala posición ante los militantes de su partido –a quienes, al socaire de la prensa, no duda en perseguir internamente– sino, sobre todo, ante unos votantes que no entienden está sospechosa doble vara de medir, salvo que sea para ocultar sus propias vergüenzas.

Rajoy debe comprometerse públicamente en la lucha contra la corrupción para poder enfrentarse con garantías a los intentos de convertir una actuación judicial en una especie de redada electoral contra su partido. Su inacción y pasividad puede que brinden un balón de oxígeno a Bárcenas, pero, a falta de un discurso claro y articulado, sólo extienden una niebla de dudas que como presidente debería ser el primer interesado en despejar.


 

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