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EDITORIAL

Plan E rural, el enésimo derroche

El Plan E, en definitiva, ha debilitado a la economía española y al propio Estado, que ahora se las ve y se las desea, no ya para el inalcanzable objetivo de cuadrar las cuentas, sino para bajar el déficit por debajo del 10%.

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Uno de los desagües por los que se ha ido el antiguo superávit fiscal del Estado ha sido el llamado Plan E. Casi 14.000 millones de euros dilapidados en proyectos municipales de poca o nula utilidad social y económica que serían ahora extremadamente útiles para no tener que pedir prestado en el extranjero, o para no tener que subir los impuestos tal y como ya ha anunciado el Gobierno.

Pues bien, no contentos con semejante derroche, al equipo de Zapatero no se le ha ocurrido mejor idea que dotar de presupuesto –millonario, naturalmente– a un nuevo programa estatal de gasto. Se trata del Programa de Desarrollo Rural Sostenible que volcará sobre el agro español 1.810 millones de euros en los próximos cuatro años. Todo este dinero irá destinado a cubrir un centenar de actuaciones repartidas entre el Gobierno central y los autonómicos. Se pretende, como en el caso del Plan E municipal, desarrollar nuevas infraestructuras y mejorar las existentes, extender nuevos subsidios a agricultores y ganaderos y fomentar el turismo ecológico.

Hasta aquí nada malo, nada que llame especialmente la atención, sino estuviésemos inmersos en una profundísima crisis de la que aún tardaremos varios años en salir. Destinar 1.800 millones a obras totalmente innecesarias cuando el Gobierno no hace más que emitir títulos de deuda en los mercados internacionales –van dos emisiones en lo que llevamos de mes– es más que arriesgado, es suicida, propio de un Gobierno sonámbulo que actúa por inercia y gasta como si el dinero manase de debajo de las piedras.

Como esto no es así, como el Gobierno no ha encontrado un Dorado del que surtirse de riqueza cuando y como crea necesario, todo lo que gasta tiene que salir previamente de algún sitio. Puede ser de los bolsillos de los contribuyentes o del endeudamiento exterior. Ambas fuentes tienen un fondo y explotarlas hasta el límite de sus posibilidades entraña serios riesgos. Si se suben demasiado los impuestos la base fiscal se contraerá de modo que, llegado un punto, se recaudará menos de lo esperado. Es una vieja ley de la economía que el equipo económico de Zapatero parece ignorar. Si se recurre continuamente al mercado de deuda los acreedores terminan por no fiarse y cierran el grifo. La deuda, además, tiene la contrapartida de que el dinero que se pide ha de devolverse con los intereses correspondientes.

Así las cosas, en una coyuntura como la actual lo peor que puede hacer el Gobierno es seguir incrementando el gasto, ya que éste actúa como una soga que, poco a poco, va estrangulando la economía hasta asfixiarla por completo. La austeridad es el único camino tal y como están poniendo de manifiesto los países que, como Irlanda o Alemania, han apostado por ella. La lección que Zapatero debería de tener ya aprendida a estas alturas es doble. Por un lado, no se puede gastar lo que no se tiene, y por otro, las políticas de estímulo no funcionan en el medio y el largo plazo. Las dos entregas multimillonarias del Plan E no han servido para relanzar la economía tal y como preveían los economistas de cabecera del Gobierno.

Lo único que se relanzó fue el déficit fiscal, la deuda soberana y el alcance de la crisis. El Plan E, en definitiva, ha debilitado a la economía española y al propio Estado, que ahora se las ve y se las desea, no ya para el inalcanzable objetivo de cuadrar las cuentas, sino para bajar el déficit por debajo del 10%. Estos son los números, el resto es pura charlatanería keynesiana, método infalible para seguir en crisis por los siglos de los siglos.   


 

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