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EDITORIAL

Que Zapatero pierda su empleo

Abordar los problemas del mercado laboral debería ser casi la única prioridad para un Gobierno responsable en un país que se encuentra al borde de alcanzar los cuatro millones y medio de parados. Pero el de Zapatero no es un Gobierno responsable.

EDITORIAL
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Nos hemos acostumbrado a que la economía española necesite crecer con firmeza para poder reducir el paro, y nos asombra que en otros países se cree empleo incluso en las circunstancias más adversas. Sin embargo, esta realidad no está escrita en piedra. No hay razón para que España no pueda comportarse como los demás en este ámbito. Tan sólo tiene que cambiar la regulación del mercado laboral.

Para muchos, hablar de mercado cuando se refiere al trabajo es poco menos que una herejía. Se está hablando de personas, no de bienes y servicios, argumentan; el frío e impersonal funcionamiento del mercado no tiene cabida. Sin embargo, no cabe duda de que técnicamente es un mercado en el que se compran y venden servicios laborales de distinto tipo, y no existe razón alguna para no tratarlo como tal para estudiar cómo puede mejorarse, a no ser que lo que se pretenda sea ocultar la realidad con sentimentalismos, labor en la que el socialismo es sin duda experto.

La reforma del mercado laboral español lleva siendo una necesidad urgente desde hace décadas, lo cual seguramente sea razón más que suficiente para que ningún político se haya atrevido con ella. En defensa de la reciente subida de impuestos, algunos han llegado a afirmar como justificación que estamos por debajo de la media europea en algunos de ellos. Sin embargo, nadie parece querer recordar que las cuotas a la seguridad social están entre las más altas de Europa. Esas cuotas suponen un encarecimiento del empleo y todo aquello que sube de precio es demandado menos.

Por otro lado, el alto precio del despido –especialmente porque resulta casi imposible que un tribunal lo declare procedente– supone una clara barrera de salida que los sindicatos nos venden como "seguridad en el empleo". Y sin duda, en parte, lo es. Pero lo que nunca nos dicen es que, como en todo otro mercado, una barrera de salida es equivalente a una de entrada. Si el despido es caro, el empresario se lo piensa más a la hora de contratar, pues le están subiendo el precio de hacerlo. Y todo aquello que sube de precio es demandado menos.

Existen otras restricciones legales, como la burocratización del mercado laboral que suponen los ERE o esa herencia de la ideología fascista que es la negociación colectiva, de menor pero no inexistente importancia. En cualquier caso, abordar estos problemas debería ser una prioridad, casi la única prioridad, para un Gobierno responsable en un país que se encuentra al borde de alcanzar los cuatro millones y medio de parados, una vez eliminado el maquillaje. Pero el de Zapatero no es un Gobierno responsable. Así, la única medida que ha adoptado ha sido el Plan E, que todos sabíamos que era caro y que ahora se está demostrando tan inútil para frenar la sangría del desempleo como predijimos cuando se anunció.

El empleo sólo puede crecer de forma sostenida cuando aquello que producen los trabajadores es útil para los demás. Gastar dinero en obra pública sin preocuparse de su utilidad no produce riqueza ni prosperidad. Igualmente se podía haber gastado en abrir zanjas para volver a cubrirlas. Pero ahora que se ve que el frenazo al aumento del paro no era más que un efecto óptico y temporal, lo único que ofrece el Gobierno es un nuevo Plan E.

Si tuviéramos una oposición, le parafrasearía a Zapatero aquello que le espetó Reagan a Carter: "recesión es cuando el vecino pierde su empleo, depresión cuando pierdes el tuyo y recuperación cuando Zapatero pierda el suyo". Desgraciadamente, no parece que la oposición esté por la labor de ofrecer una alternativa al desastre gubernamental. Parecemos condenados a sufrir un Gobierno irresponsable incapaz de hacer lo necesario para facilitar una salida a los cada vez más numerosos parados. Es una lástima que Zapatero no esté dispuesto a dar un paso al frente y destruir el único empleo que nos podría conducir a la recuperación.


 

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