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EDITORIAL

Rejón de muerte a... Cataluña

"El catalanismo ha castrado a Cataluña", dijo el padre Orlandis el siglo pasado. Hoy, desde la Monumental, y entre gritos de "¡Libertad! ¡Libertad!" de tantos catalanes humillados y ofendidos, podemos asegurar que el nacionalismo la está matando.

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Si el Tribunal Constitucional o el próximo Gobierno –declaración de Bien de Interés Cultural mediante– no lo remedian, la corrida que se ha celebrado esta tarde en la Monumental de Barcelona habrá sido la última fiesta de la Fiesta Nacional en Cataluña, para regocijo de los odiadores de España, que al aprobar la prohibición sin vergüenza esgrimieron el bienestar del toro: meses después blindarían los correbous, en que al mismo animal se le puede prender fuego, tironear con sogas o arrojar al mar... Porque de lo que se trataba era de España, de darle el enésimo puyazo en el terreno simbólico.

Este domingo, en la Monumental han tocado a difuntos por una tradición catalana que se remonta, cuando menos, seis siglos –hay documentado un correbous en Cardona en el año 1409–; es decir, que en el Principado iban a los toros trescientos años antes de que Rafael Casanova vivara a España en aquel 11 de septiembre (1714) que el establishment catalán conmemora como si de una insurrección independentista se hubiera tratado, y medio milenio antes de que la plaga nacionalista empezara a asolar aquellas tierras.

Con la proscripción de la Fiesta –que no sería la misma sin toreros como Mario Cabré o Joaquín Bernadó, condecorado en 1988 con la Medalla de Oro de Barcelona, ahora oficialmente Ciudad Antitaurina; y sin las pañoladas con las que el respetable pide las orejas, la primera de las cuales tuvo lugar en el coso barcelonés de Las Arenas–, el nacionalismo ha vuelto a demostrar que lo suyo no es el fomento de lo catalán, la preservación de lo tradicional, el amor a Cataluña. Nada más lejos de la realidad: su permanente manipulación de la historia, su fobia al español –lengua materna de más de la mitad de los catalanes–, su obsesión por separar a los catalanes del resto de sus compatriotas revelan que Cataluña no les gusta, que Cataluña les irrita, que Cataluña necesita mordazas, decretos y golpes de hoz –como pide su manipulado himno oficial– para ser como debiera.

"El catalanismo ha castrado a Cataluña", dijo el padre Orlandis el siglo pasado. Hoy, desde la Monumental de Barcelona, y entre gritos de "¡Libertad! ¡Libertad!" de tantos catalanes humillados y ofendidos por sus representantes, podemos asegurar que el nacionalismo la está matando.


 

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