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EDITORIAL

Rosa Díez, síntoma del odio a España

No es de extrañar que tras 30 años de adoctrinamiento nacionalista haya aparecido toda una legión de jóvenes radicales que, empleando los métodos típicos del fascismo y del comunismo, ataque con saña al disidente.

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En opinión del filósofo escocés David Hume, a largo plazo un régimen político sólo puede sobrevivir mediante la aquiescencia de la mayoría de sus ciudadanos. De este modo, un régimen político que cercenara las libertades de los individuos sólo podría implementar sus medidas represivas con la complicidad de una mayoría de esos individuos; en cuyo caso, la cuestión debería ser por qué esa mayoría termina aceptando –e incluso apoyando– que una camarilla de políticos ataque las libertades de sus vecinos, amigos y familiares; por qué una sociedad termina detestando ciertas manifestaciones de la libertad individual aun cuando no perjudiquen directamente a nadie.

Y la respuesta, más allá de casos puntuales y concretos, sólo cabe buscarla en el odio. Si ese sentimiento de repulsa consigue prender entre la mayoría de la sociedad, cualquier medida política que sirva para canalizarlo, con independencia de lo lesiva que sea para las libertades individuales, terminará prosperando. Todos los totalitarismos en algún momento han tenido que promover el odio de clase, de raza, de religión o de nacionalidad para asentarse y justificar sus atropellos.

En ciertas regiones de España, salvando unas distancias cada vez más estrechas, también se ha ido cultivando un odio hacia todo lo que simboliza lo español. La lengua y literatura castellanas o el himno y la bandera nacional se han convertido en ciertas partes del país en anatemas que son sometidos a todo tipo de abucheos, pitadas, censuras o quemas. El nacionalismo ha convertido el odio a España en su estrategia para consolidarse en el poder; pues en la medida en que los partidos no nacionalistas sean vistos como invasores o incluso agresores de las esencias comunitarias, sólo la propia tribu tendrá legitimidad para controlar las instituciones.

De ahí que tanto los partidos estrictamente nacionalistas como los asimilados hayan cultivado con dedicación el odio a España y a los españoles y de ahí que tras 30 años de adoctrinamiento haya aparecido toda una legión de jóvenes radicales que, empleando los métodos típicos del fascismo y del comunismo, exterioricen aquellas ideas y sentimientos que el sistema de educación público les ha imbuido.

En otras palabras, para que en Cataluña se pueda perseguir a quienes rotulan en castellano o para que se pueda impedir a los padres escolarizar a sus hijos en la lengua familiar es necesario que el odio hacia España se encuentre muy extendido entre la sociedad catalana. Así, no es de extrañar que una parte de esa sociedad, la más ideologizada y totalitaria, convierta ese odio en agresiones físicas y trate de impedir que se exprese cualquier persona que ponga en cuestión todo el entramado de intereses creados en torno al nacionalismo.

Rosa Díez ha sido la última que, hasta el momento, ha recibido los frutos de ese modelo de sociedad que ha venido planificando y construyendo el nacionalismo: una sociedad rencorosa y asentada en el odio hacia sus conciudadanos. Como ella misma ha reconocido, "unos echan la leña y otros encienden la hoguera". El nacionalismo catalán –como en sus respectivas regiones, el vasco o el gallego– ha venido echando leña a la hoguera antiespañolista y poco ha costado que algunos hayan encendido ocasionalmente la hoguera.

Se trata de unos síntomas que, además de inadmisibles para un gobierno democrático que merezca tal nombre, deberían hacer reflexionar a la mayoría de los catalanes sobre los extremos a los que los ha conducido el nacionalismo. Una sociedad abierta no puede asentarse sobre un acorralamiento permanente del que discrepa de la verdad oficial, sobre todo cuando esa discrepancia supone defender una ampliación de las libertades.

Lo peor de las agresiones contra Rosa Díez es que muchos en Cataluña (y fuera de Cataluña) las encontrarán justificadas y proporcionales; las verán como una justa respuesta a una provocación anterior, a un ataque previo. Y ese es el drama de Cataluña y en general de todas las sociedades modernas que aceptan la represión estatal como principio rector: que la defensa de la libertad individual es vista como una ofensa. El odio les ciega y les impide ver más allá de los hombres de paja que les han colocado estratégicamente los nacionalistas.


 

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