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EDITORIAL

Un espectáculo envidiable

El mayor y más envidiable espectáculo que nos ha ofrecido esta toma de posesión ha sido el de la unidad de una nación y la renovada apelación a los viejos e irrenunciables principios que constituyen el fundamento y la grandeza de los Estados Unidos.

EDITORIAL
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Tras jurar lealtad a la Constitución con la mano izquierda y sobre la misma Biblia que usó Abraham Lincoln en 1861, Barak Hussein Obama se ha convertido en el presidente número 44 de la historia de los Estados Unidos.

El vistoso ceremonial que rodea la jura del cargo de presidente; la enorme multitud y numerosas caras conocidas que han asistido al acto; la impresionante explanada de más de tres kilómetros que se extiende desde la fachada oeste del Capitolio hasta el monumento a Lincoln; las graves dificultades por las que atraviesa el país y, sobre todo, el hecho de tratarse del primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos han convertido la jura de Obama en un grandioso espectáculo. Con todo, el mayor y más envidiable espectáculo que nos ha ofrecido esta toma de posesión ha sido el de la unidad de una nación y la renovada apelación a unos viejos e irrenunciables principios que constituyen el fundamento y la grandeza de los Estados Unidos.

Tal ha sido el caso de las reiteradas referencias en el discurso de Obama a la libertad y a las "verdades" que han hecho de Estados Unidos la nación que es, tales como "el trabajo duro, la honestidad, el valor, la justicia, la tolerancia y el patriotismo". En un discurso consciente de los sacrificios de sus antecesores y del pueblo americano a lo largo de su historia, Obama ha destacado las enormes dificultades que la crisis económica y la guerra contra el terrorismo someten al país y el esfuerzo que va a ser necesario para poder superarlas.

Consciente de la necesidad de "alianzas sólidas y convicciones duraderas", tales como las que fueron necesarias para derrotar al fascismo y al comunismo, Obama ha dejado claro que el poder de Estados Unidos "por sí solo no nos puede proteger ni no nos da derecho a hacer lo que nos plazca". Para Obama una "nueva era de responsabilidad" exige –eso sí– el reconocimiento de cada estadounidense de que "tenemos obligaciones hacia nosotros mismos, nuestra nación y el mundo".

El genérico ofrecimiento de "un nuevo camino hacia delante" que el nuevo presidente ha hecho al mundo musulmán, lejos de una nihilista "alianza de civilizaciones", ha ido acompañada de la advertencia contra "los que se aferran al poder mediante la corrupción, el engaño y silenciando la disensión", a los que Obama ha situado "en el lado equivocado de la historia" y a los que sólo "tenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño".

Tiempo habrá de enjuiciar si la acción del Gobierno de Obama está a la altura de sus palabras. Lo que queremos dejar ahora de manifiesto es el contraste que ofrece su discurso con el que, desgraciadamente, protagoniza nuestro presidente: frente a la ética indolora o el simple nihilismo que caracterizan a Zapatero, Obama ni oculta la dificultad de la situación ni los sacrificios, esfuerzos y verdades que son necesarios para afrontarla. Para los que se jactan de su liberticida laicismo o los que consideran la nación como "algo discutible y discutido", las frecuentes apelaciones de Obama a Dios –incluyendo la asistencia a una acto religioso antes de la jura– han debido ser tan decepcionantes como su apelación al patriotismo.

Por mucho que el discurso de Obama haya podido decepcionar en general a quienes sólo veían en él al rival o el punto final de la era Bush, el nuevo presidente ha querido dejar claro desde sus primeras palabras que su intenciones están lejos de la recriminación y el sectarismo y muy cerca de valores y principios compartidos.

Por nuestra parte, la impronta moral que Obama ha querido dar a sus palabras no va a anular nuestro sentido critico a la hora de enjuiciar sus acciones, como, de hecho, ya también se podría hacer con pasajes menos prometedores de su discurso. Sin embargo, lo más relevante en estos momentos es la de destacar el enorme contraste que sigue ofreciendo Estados Unidos y su presidencia frente al espectáculo sectario y decadente que protagoniza nuestro Gobierno.


 

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