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EDITORIAL

Un Gobierno a la altura intelectual de Zapatero

Zapatero, en resumidas cuentas, ha ido diseñando un Gobierno a la medida de su insignificancia intelectual, un Gobierno de "jóvenes promesas" que no rechistan y que creen a pies juntillas sus desvaríos.

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Aunque Zapatero no se haya enterado aún muy bien de las causas que han hecho estallar la crisis económica, y desconozca totalmente el modo de salir de ella, los malos tiempos están afectando de lleno a la composición e integridad de su Gobierno. Si el Gabinete Zapatero había sido durante casi toda la primera legislatura un modelo de estabilidad, un remanso de paz donde nada se movía, desde que, en el verano de 2007, las primeras nubes de tormenta aparecieron sobre la economía nacional, todo es nerviosismo y mudanza. El presidente del Gobierno trata de aparentar tranquilidad y dominio de la situación, pero la procesión va por dentro del Ejecutivo y del partido que lo sustenta.

A estas alturas para nadie es un secreto que la crisis va para largo. El propio Joaquín Almunia, nada sospechoso, acaba de advertir desde Bruselas que la nuestra es la economía peor situada en la Europa Occidental para remontar la marejada económica que padecemos desde hace más de un año y que se promete larga y penosa. Consumidos los cartuchos del "aquí no pasa nada", de la propaganda triunfalista y de las recetas mágicas que iban a obrar el milagro de reanimar una economía moribunda, el panorama que le queda al Gobierno es desalentador. El paro crece hasta en verano, la industria no levanta cabeza, la construcción está virtualmente parada y el turismo, de cuyo aporte el PIB español es adicto irremediable, está de capa caída.

Y pese a ello, Zapatero no quiere ni oír hablar de reformas mientras se agarra al embeleco de una pronta recuperación. La farsa, que poco a poco está empezando a calar entre los españoles, ha terminado penetrando al Gobierno y al partido que lo forma. Por eso Pedro Solbes se va, abandonando el Ejecutivo primero y el escaño de diputado después, en una jubilación anticipada por la que nadie hubiera apostado hace sólo unos meses. 

Pero Solbes no es la única víctima del presidente. Otros, mantenidos a viento y marea en tiempos mejores, han tenido que salir por la puerta pequeña de La Moncloa. La lista empieza a ser abultada. Antiguos referentes políticos de Zapatero como Jordi Sevilla o Juan Fernando López Aguilar han dejado también el Gabinete y el Congreso de los Diputados. Otros, como Jesús Caldera, antaño hombre de confianza de Zapatero, dejó el Ministerio de Trabajo para presidir una fundación. En la cartera de Cultura tres han sido sus titulares. Carmen Calvo cesó tras la primera remodelación ministerial y su sucesor, César Antonio Molina, no llegó a los dos años, abandonando hace unos días su escaño para volver a la universidad.

Los caídos que, en mayor o menor medida gozaban de brillo propio, han dejado paso a nulidades políticas e intelectuales como Leire Pajín, cuya fortuna política no para de aumentar, o Bibiana Aído, la ministra de Igualdad que Zapatero se trajo de Andalucía con la gestión de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco como único currículum. Ellas y otras como Elena Salgado con la estrella en alza y una ineptitud económica casi absoluta y que pese a ello vino a sustituir en el Consejo de Ministros al ya retirado Solbes, un hombre que, con todos los peros que se le pudieran poner, al menos entendía algo de la materia.

Zapatero, en resumidas cuentas, ha ido diseñando un Gobierno a la medida de su insignificancia intelectual, un Gobierno de “jóvenes promesas” que no rechistan y que creen a pies juntillas sus desvaríos. Quizá sea ahora cuando la foto del mitin en León, con Zapatero, Pajín y Aído puño en alto cobre todo su sentido. 


 

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