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EDITORIAL

Un Rey impecable

De nuevo Felipe VI ha salido más que airoso del envite, con un discurso impecable que ha sido todo lo que tenía que ser.

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Mientras que el Gobierno cada día demuestra que ni sabe ni quiere cumplir con sus verdaderas atribuciones y responsabilidades, extralimitándose en sus funciones y provocando conflictos graves con los otros poderes y las otras figuras de nuestro entramado institucional, una vez más Felipe VI demostró esta Nochebuena que no sólo conoce a la perfección su papel como monarca, sino que está dispuesto a cumplirlo por muy difícil que se lo pongan.

Su mensaje de Navidad es uno de los momentos del año en el que el monarca capitaliza la atención de la nación y, en esta ocasión como en pocas anteriores, el Rey tenía un papel muy difícil que desempeñar, con un Gobierno que aprovecha cualquier oportunidad para minar el régimen constitucional del que la monarquía es, obviamente, una de las piezas angulares y, por ende, de las más amenazadas.

Pero de nuevo Felipe VI ha salido más que airoso del envite, con un discurso impecable que ha sido todo lo que tenía que ser y en el que, como es su obligación, ha habido más mensajes institucionales que políticos, aunque en la situación actual la defensa de las instituciones tiene un evidente trasfondo político, dados los esfuerzos de algunos por reventarlas desde dentro.

En este sentido, lo más importante ha sido sin duda una breve pero muy seria defensa de la Constitución, recordando su vigencia y que es la Carta Magna la que "nos garantiza nuestro modo de entender la vida". Felipe VI recordó también que "todos tenemos el deber de respetarla" y, sobre todo, el hito histórico que supuso como factor de "reencuentro y pacto tras un largo periodo de enfrentamiento".

Y es que frente aquellos que pretenden hacer creer a la sociedad que la Constitución del 78 fue una imposición de una parte del país a la otra, el Rey recordó la verdad que quieren que olvidemos: que en muy pocas ocasiones en España ha habido un nivel de acuerdo semejante a la hora de dotarse de unas normas de convivencia comunes y que, además, incluso a pesar de sus imperfecciones ese pacto constitucional nos ha proporcionado una época de libertad y prosperidad como no la hemos visto en siglos. Es un legado que el propio monarca simboliza y que está empeñado, como no podría ser de otra forma, en preservar.

Más allá de la cuestión institucional el Rey centró la mayor parte de su discurso en la pandemia y en sus consecuencias, tanto sanitarias como económicas. Es, desde luego, lo que ahora más preocupa a los españoles y Felipe VI demostró que ha entendido a la perfección la gravedad del momento y que es capaz de hablar de ello sin ambages y sin las mentiras y los paños calientes que otros no dejan de usar. Además, quedó claro también que es la persona indicada para lanzar un mensaje de confianza en el futuro, apostando por la unidad de la nación para salir de este atolladero y recordando los puntos de apoyo en los que tendrá que sostenerse esa recuperación: las instituciones, el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros y el apoyo al tejido empresarial y a los autónomos, a los que mencionó con acierto en varias ocasiones.

Por último, en la que quizá era la cuestión más espinosa dada la cacería emprendida contra su padre y antecesor, Felipe VI zanjó la cuestión de forma contundente, aun sin citar innecesariamente a Juan Carlos I tal y como muchos habrían querido para seguir alimentando la pira. En unas breves líneas el Rey recordó su compromiso inequívoco con los "principios morales y éticos" que "nos obligan a todos sin excepciones", que están muy por encima de "cualquier consideración" incluso de "las personales y familiares"  y que son una parte esencial del "espíritu renovador" de su reinado. Nada, al fin y al cabo, que no haya demostrado en su día a día desde que accedió al trono.

En resumen, ajeno a todo el ruido interesado que se genera a su alrededor Felipe VI demostró una vez más que es un rey impecable, que sabe perfectamente cuál es su papel y que está dispuesto a desempeñarlo, por muy difícil que se lo pongan.

 

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