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EDITORIAL

Nuestro riesgo país se llama Zapatero

Las reformas anunciadas en mayo no han sido otra cosa que un simulacro con el que Zapatero pretendía ganar algo de tiempo, pero con el que, en realidad, ha terminado de agotar la escasa confianza que podia despertar su incumplido propósito de enmienda.

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Por mucho que nuestros gobernantes hayan repetido como loros que "España no es Irlanda", los hechos son los que son: los inversores huyen de España, cuya situación económica y perspectivas de recuperación ven peor que nunca. Así, la prima de riesgo ofrecida ayer por los bonos españoles a diez años respecto a sus homólogos alemanes superaba todos los récords, al alcanzar por primera vez desde la puesta en marcha del euro los 236 puntos básicos. El Tesoro español ha tenido también que pagar hasta un 90% más por su última emisión de letras a tres y seis meses, mientras la bolsa española lideraba las caídas de todos los parqués europeos, con un desplome del 3,05%, el mayor desde el verano.

No se puede negar que haya razones para semejante desmoronamiento: incluso tomando como referencia los manipulados datos del Gobierno de Zapatero respecto a la reducción del déficit, el Estado español –incluidas muy especialmente las autonomías– sigue gastando mucho más de lo que ingresa; nuestro sistema bancario –muy especialmente las politizadas cajas de ahorro– tienen unos activos que siguen sin reflejar su auténtica realidad; la legislación laboral continúa siendo disuasoria para la contratación; nuestro sistema energético es absolutamente insostenible, y mientras tanto nuestro déficit comercial alcanza los 39.337,1 millones de euros en los nueve primeros meses del año, lo que representa un incremento del 5,3% respecto al mismo periodo del año anterior.

Aunque buena parte de la crisis tiene su origen en los excesos y burbujas que alentó el intervencionismo público con su política de bajos tipos de interés, Zapatero no ha hecho otra cosa que agravarla: primero, no reconociendo su existencia; luego tratándola de burlar con una disparatada y contraproducente política de gasto público, y, finalmente, haciendo creer a nuestros alarmados socios e inversores que, por fin, iba aplicarse en la tarea de equilibrar las cuentas y acometer las reformas estructurales que pedía a gritos nuestra economía. Lo cierto, sin embargo, es que las tímidas reformas y la insuficiente reducción del gasto publico anunciadas en mayo no han sido otra cosa que eso: un simulacro con el que Zapatero pretendía ganar algo de tiempo, pero con el que en, realidad, ha terminado de agotar la escasa confianza que podia despertar su incumplido propósito de enmienda.

Ahora bien, siendo mala la situación, peores son las perspectivas de una posible corrección con un Gobierno presidido por Zapatero. Más aun cuando el presidente sigue diciendo que no son necesarios nuevos recortes ni nuevas reformas. No cabe esperar de él ni una auténtica reforma laboral, ni una racionalización de las pensiones, ni un dique al despilfarro de las autonomías. De hecho, las supuestas limitaciones al aumento del endeudamiento de los entes locales sólo van a aplicarse finalmente a unos pocos municipios y el timorato frenazo en seco de la obra pública tardó poco en revertirse.

En resumen, la permanencia de José Luis Rodriguez Zapatero en el Gobierno se ha convertido en la principal fuente de desconfianza hacia nuestra economía, su principal prima de riesgo.


 

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