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EDITORIAL

Una buena ocasión para gritar "Viva España"

Ojalá la celebración de este tipo de gestas contribuya a que la exhibición de los símbolos nacionales se vuelva más habitual y corriente, especialmente allí donde existe una auténtica represión contra quienes osan manifestarse como españoles.

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Sólo cabe comenzar este editorial felicitando a la selección española de fútbol por haber triunfado en Sudáfrica proclamándose campeona del mundo. Han sido 30 días de fuertes emociones en los que el sueño deportivo ha ido poco a poco cristalizando en un éxito histórico. Gracias por vuestro excelente juego, por vuestro infatigable esfuerzo y por vuestra constante dedicación para llevar el nombre de España a lo más alto.

Décadas de decepciones, de arbitrajes injustos, de mala suerte han sido dejados a un lado por una selección que ha sabido sobreponerse a todo, a las presiones, al juego sucio del rival... y levantar bien alto un trofeo por el que los españoles, aficionados al fútbol por encima de todo, llevábamos suspirando desde siempre.

Los españoles, si bien a menudo enfrentados entre sí, si bien más divididos de lo recomendable en cuitas políticas e identitarias, se han unido para respaldar y celebrar las victorias del equipo nacional en una de las mayores manifestaciones de orgullo colectivo que podemos recordar. Todos han estado apoyando y sufriendo cada minuto de cada partido con un equipo que al final ha logrado coronar un más que justo triunfo.

Desde luego, podemos lamentar que las banderas, los himnos y los vítores a España sólo se escuchen en ocasiones como ésta y no más a menudo como corresponde a un Estado moderno donde los símbolos de la nación son la representación de la soberanía popular, de las libertades y de las instituciones democráticas. Pero al menos el fútbol constituye una espita por donde se exteriorizan sin complejos los sentimientos de españolidad que como es natural albergan la inmensa mayoría de españoles.

Porque, por muchas campañas de intoxicación y adoctrinamiento que se hayan perpetrado desde los poderes públicos para erradicar la idea de España en algunas partes de nuestro territorio, ésta perdura y emerge con fuerza incluso allí donde algunos la creían extinta. Ojalá la celebración de este tipo de gestas contribuya a que en lo venidero la exhibición de los símbolos nacionales se vuelva más habitual y corriente, especialmente en aquellas regiones donde existe una auténtica represión social y política contra quienes osan manifestarse como españoles.

Ojalá todos aquellos que sienten la necesidad de gritar con más frecuencia un sencillo "¡Viva España!" no tengan que encontrar refugio en estas más que lógicas mareas de euforia nacional sino que puedan incorporar esta práctica en su quehacer cotidiano sin miedos a ulteriores represalias. Quizá el poder asociar nuestros símbolos con el recuerdo de días tan felices como este 11 de julio de 2010 lo haga posible. Por nuestra parte, sin duda, y como corresponde en una hazaña como ésta, no dudamos en proclamar un merecido ¡Viva España!


 

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