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EDITORIAL

Una infamia cuyo final ya conocemos

Para que todo encaje y ambas partes se beneficien de tan lamentable espectáculo sólo falta ensayar una puesta en escena lo suficientemente creíble. Los actores están ya en su sitio y la farsa puede comenzar.

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El segundo acto del diálogo-rendición ante ETA, esa farsa que se representa de nuevo en las altas esferas del Estado, empieza con buen pie. No falta ni el espíritu conciliador de los nacionalistas vascos, siempre dispuestos –con Eguibar a la cabeza– a llegar a un buen acuerdo con la banda, ni los informes que apuntan a que la ETA aprovecha estos momentos de dudas y debilidad en el seno del Gobierno para rearmarse, refortalecer sus estructuras y rediseñar su estrategia.

Huelga decir que ni con la ETA ni con ninguna otra banda terrorista se puede negociar por muy buenas intenciones que se alberguen. Un país democrático no puede arrastrarse por semejante lodazal sin dejarse en ello su dignidad y la de las víctimas del terror. Poco importa que el "proceso de negociación" termine o no con el terrorismo. El precio a pagar sería tan alto que España no puede permitírselo. Con la ETA, además, históricamente el "diálogo" se ha revelado inútil y sólo ha servido para conceder a la banda imperdonables prórrogas que han terminado siempre en nuevos asesinatos; es la impacable lógica de la estrategia terrorista: si aceptas pagar un precio político por los crímenes, los terroristas pujarán al alza con más crímenes.

Sucedió con Felipe González, con Aznar y con Zapatero. Sorprende, por lo tanto, que se persevere en un proyecto que, además de inmoral e ilegal, es impracticable y difícil que culmine tal y como espera Zapatero, con la ETA desarmada y sus miembros arrepentidos y reinsertados en la sociedad. Si el Gobierno se mete de cabeza en un embrollo como este es porque acabar con ETA es la última carta que le queda para recuperar el crédito perdido tras dos años y medio de desatinos. No hay nobles intenciones sino cálculos políticos perfectamente ponderados. A fin de cuentas, la causa última por la que el terrorismo etarra no desaparece hay que buscarla en la propia ETA, cuyos crímenes constituyen su razón de ser y su única baza negociadora.

La ETA, por consiguiente, es la de siempre. Mata cuando puede y cuando no puede, pide cuartel, treguas y mesas de diálogo. Lo que no existe de ninguna manera son dos ETA: una buena, que se aviene a razones y merece entrar en los ayuntamientos; y otra mala e intratable, carne de presidio y de condenas íntegras. Parece que al Gobierno le interesa vender esta idea de que ellos ­–y sólo ellos– pueden apaciguar a la primera y poner a buen recaudo a la segunda, terminando de este modo con la banda tras cincuenta años de terror.

Como sucedió hace cuatro años, Zapatero hace una apuesta peligrosa de la que, sin embargo, sacaría jugosos réditos políticos si sale bien librado. La ETA, por su parte, gana tiempo, pone de nuevo al Estado de rodillas y consigue su objetivo de renovar concejalías en los ayuntamientos en las elecciones de mayo. Después de eso, harán lo único que saben hacer. Para que todo encaje y ambas partes se beneficien de tan lamentable espectáculo sólo falta ensayar una puesta en escena lo suficientemente creíble. Los actores están ya en su sitio y la farsa puede comenzar. Lo triste en esta ocasión es que todos sabemos ya cómo empieza y, lo que es peor, cómo va a terminar.


 

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