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EDITORIAL

Zapatero, entre la espada del descrédito y la pared de la ruina

Quedan dos caminos. Proseguir esta alocada carrera hacia la ruina, o replantearse de cero su política económica, cerrar el grifo del gasto y emprender reformas de calado que hagan nuestra economía más productiva y competitiva.

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Uno de los rasgos definitorios de un régimen es que, llegados los problemas, la culpa de los mismos siempre recaen en oscuras conspiraciones extranjeras. Pasó durante el franquismo, cuando los lumbreras del régimen se inventaron una conjura judeo-masónica que sólo existía en su imaginación. Pasa constantemente en la Cuba de los Castro, reino del disparate político donde el causante oficial de toda la miseria y opresión que sufren los cubanos es el vecino del norte; lugar al que, paradójicamente, todo cubano quiere emigrar. Y está empezando a pasar en la España de Zapatero, que, conforme avanza su ya segunda legislatura, va tomando tintes de república sudamericana a caballo entre el México del PRI y la Argentina de los Kirchner. 

Hace poco más de un año Zapatero clamaba con el aplauso unánime de los medios que la crisis era una cuestión exógena, provocada por los tiburones de Wall Street. Una crisis importada que, por desgracia, terminaría tocando a España, pero sólo tangencialmente. Hoy vemos que nos ha dado de lleno y que las causas de nuestra depresión no son únicamente financieras sino que hunden sus raíces en nuestra misma estructura económica. Como era de prever, a pesar de la gravedad de los hechos, Zapatero no ha rectificado, simplemente ha modificado ligeramente el discurso, minimizando lo malo y amplificando una inexistente conjura exterior contra su Gobierno.

Evidentemente, no hay conjura alguna. Si el parqué madrileño se ha derrumbado y la deuda española se ha puesto por las nubes se debe exclusivamente a razones de orden mercantil, pura cuestión de riesgos que gestiona todo comprador de títulos de deuda. La imagen del Estado español está muy desprestigiada en el extranjero y hay dudas razonables entre los acreedores de que nuestro Gobierno no pueda atender sus deudas en el futuro. Algo tan elemental ha hecho huir a los inversores, encareciendo los préstamos y tirando abajo la Bolsa de Madrid, que es el principal mercado de valores del país.

Esto es así porque la política económica de Zapatero desde que empezó la crisis no ha podido ser más errática. Pensó en un principio, partiendo de una pésima idea que no ha funcionado jamás, que estimulando la demanda se recuperaría la economía. El dinero necesario para ese estímulo lo pidió en el extranjero convencido de que, una vez pasada la crisis, podría devolverlo cómodamente con la renovada recaudación del ciclo expansivo. Todo, naturalmente, sin necesidad de hacer reforma alguna. La realidad, sin embargo, es muy distinta. El dinero invertido en estímulos se ha tirado por el desagüe en proyectos absurdos y la crisis está lejos de terminar.

A día de hoy el Gobierno se encuentra entre la espada y la pared. No puede seguir estimulando la economía con fondos públicos porque su base fiscal se ha desplomado, y la financiación mediante deuda pública es cada vez más difícil de obtener porque fuera no se fían de un Gobierno manirroto e irresponsable. Le quedan, pues, dos caminos. Proseguir esta alocada carrera hacia la ruina, lo que desembocaría en una quiebra estatal como la de Argentina; o replantearse de cero su política económica, cerrar el grifo del gasto y emprender reformas de calado que hagan nuestra economía más productiva y competitiva. En rigor, el único camino válido es el segundo, ahora sólo hace falta saber si Zapatero tendrá el valor suficiente para tomarlo con todas las consecuencias, incluida la de perder las elecciones de 2012.   


 

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