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EDITORIAL

Zapatero, ministro y planificador de la economía

El tándem Salgado-Blanco, siempre supervisado por Zapatero, se presenta como una voraz trituradora de la riqueza de los españoles. Los tímidos reparos de Solbes a un gasto público que lo engullera todo parecen haberse esfumado del nuevo Ejecutivo.

EDITORIAL
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Aunque el nombramiento de González-Sinde haya sido posiblemente el más noticiable del nuevo Ejecutivo –por cuanto tiene de colocar a uno de los principales lobbys del Gobierno dentro del propio Gobierno– no va a ser el que más repercusiones negativas vaya a tener sobre el futuro de los españoles.

Una crisis económica como la actual no sólo requiere de buenos gestores que se manejen con cierta soltura en los mercados, sino sobre todo de buenas ideas que no empantanen aún más nuestra delicada situación financiera. Cierto es que Solbes no era –ni mucho menos– un técnico excelente; al fin y al cabo era un político que no goza de ninguna experiencia en el sector privado y que ni siquiera ostenta una licenciatura en Economía. De hecho, su recambio estaba cantado desde antes de las elecciones; Zapatero simplemente lo llevó como un ticket electoral para seducir al potencial votante preocupado por la crisis. "¿Quién mejor que este experimentado político que ya superó con éxito la crisis del 93?", se nos repetía astutamente hasta la saciedad aun cuando todo el mundo supiera que no tenía la intención de agotar la legislatura.

La sorpresa del pasado martes no fue, por tanto, que Solbes abandonara Economía, sino que la antigua ministra de Sanidad y de Administraciones Públicas, Elena Salgado, asumiera el cargo. Mucho se había hablado sobre que David Vegara, el secretario de Estado de Economía, pudiese suceder a su superior; alguien con quien, al fin y al cabo, había estado trabajando codo con codo. Pero no. ¿Qué sentido tenía colocar ahí a Salgado?

Esta aparente incógnita parece que se ha ido despejando con el paso de los días. El miércoles Solbes se despidió con una velada crítica a Zapatero: decía estar razonablemente contento con su gestión a pesar de las "limitaciones con las que ha trabajado". ¿A qué limitaciones podía referirse Solbes? ¿Acaso a la crisis económica que ha empañado las buenas cifras macroeconómicas de la primera legislatura?

El semanario inglés The Economist vino a responder ese mismo día a la cuestión: Zapatero ha eliminado a Solbes del Gobierno, no para conferirle las riendas a Salgado, sino para poder dirigir él mismo la política económica sin ningún político medianamente austero que le parara los pies.

Al fin y al cabo, puede que Solbes no tuviera un profundo conocimiento sobre la economía, pero sí había experimentado en sus propias carnes que la desbocada política keynesiana que propugna Zapatero –al que no le importa ni el destino del gasto ni la solvencia de España– no nos conduce a ninguna parte salvo a Argentina. Opinión que, sin duda, compartían el resto de miembros de su equipo económico y muy particularmente Vegara.

Por eso, tampoco debería sorprendernos que este último, después de no haber sido nombrado ministro y adivinando la radicalización despilfarradora que se nos viene encima, haya decidido dimitir por "razones personales".

Y es que, pese al disparado déficit público y a los problemas de financiación que padecen la mayoría de nuestras empresas, la nueva ministra de Economía sólo tiene en mente incrementar aún más el gasto en obra pública. ¡Cómo si lo que necesitara la economía española fueran más piscinas, parques o carreteras! A los ojos del PSOE, nuestra falta de competitividad residiría en que nuestras ciudades no han sido suficientemente reformadas o en que los españoles no gozan de las suficientes piscinas municipales. Parece claro que no, pero ellos lo ven así. De ahí que la primera reunión de Salgado haya sido con José Blanco, nuevo ministro de Fomento pese a carecer de los más mínimos conocimientos para gestionar tan complejo Ministerio.

El tándem Salgado-Blanco, siempre supervisado por Zapatero, se presenta así como una voraz trituradora de la riqueza de los españoles. Los tímidos reparos de Solbes a un gasto público que lo engullera todo parecen haberse esfumado del nuevo Ejecutivo. Zapatero, por fin, tiene lo que quiere: un Gabinete al que no le preocupe el bienestar de los españoles sino sólo la promoción electoral de su partido. No es casualidad que el presidente, el secretario general y el vicesecretario general del PSOE estén integrados en el Gobierno. 


 

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