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EDITORIAL

Zapatero y sus chivos expiatorios

El persistente e irresponsable inmovilismo de Zapatero es el auténtico "despropósito descomunal", la "absoluta locura" y en lo que se están fijando, no ya los inversores, sino los medios de comunicación internacionales y los alarmados socios de la UE.

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Un rasgo característico de los gobernantes populistas es culpar a unos demonizados y supuestamente irracionales "especuladores" del fracaso de su política económica y de la pérdida de confianza en el futuro de sus países. Eso es precisamente lo que ha hecho Zapatero este martes para justificar tanto el nuevo y monumental desplome que ha sufrido la bolsa española como la cada vez más generalizada convicción, entre medios de comunicación y analistas internacionales, de que España corre el riesgo de acabar como Grecia. Así, el presidente del Gobierno ha considerado que estas especulaciones son "una absoluta locura, un despropósito descomunal". "No podemos hacer caso a los pronósticos, a las especulaciones, a las hipótesis, a lo que pueda pasar. Tenemos que ir a los hechos y a los datos", ha insistido Zapatero.

Al margen de que Zapatero ignora dolosamente el hecho de que la confianza o desconfianza de los inversores en la solvencia económica de un país radica precisamente en una hipótesis, en un pronóstico, en un anticipo de lo que puede pasar en un porvenir siempre incierto, son precisamente los hechos del presente económico español los que de forma más sólida respaldan esos malos augurios de futuro. Un hecho como el de que el paro en España supera el umbral del 20 por ciento; como el hecho de que uno de cada cinco españoles que conservan su trabajo es funcionario. Hechos como el de que nuestro país es uno de los que más rápidamente se están endeudando en el mundo, con un déficit público que ya alcanza el 12 por ciento; como el hecho de que tenemos una necesidad tan urgente como aplazada de reestructurar nuestro sistema financiero, con unas cajas politizadas y atrapadas en el sector inmobiliario. Y junto a estos y muchos otros deprimentes hechos, está el más grave y decisivo de todos: el hecho de que España tiene un Gobierno que se resiste a liberalizar los mercados, a reducir nuestro galopante gasto público, a emprender, en definitiva, los cambios que se necesitan para que los hechos del presente no nos aboquen a un futuro más sombrío todavía.

Es precisamente ese persistente e irresponsable inmovilismo de Zapatero el auténtico "despropósito descomunal", la "absoluta locura" y en lo que se están fijando, no ya los inversores, sino todos los medios de comunicación internacionales, así como dirigentes europeos como el jefe parlamentario de Angela Merkel, cuando alertan sobre la falta de solvencia de la economía española.

La huida de los inversores y las crecientes dudas sobre la solvencia española no son causas de nada, sino consecuencias totalmente previsibles y lógicas del desastre al que nos conduce la política de Zapatero. En febrero la bolsa ya le dio al Gobierno español una seria advertencia que su presidente ha desoído, como ha hecho con todas las que, desde muy distintos ámbitos, se le vienen haciendo en los últimos dos años.

Es por ello por lo que no cabe albergar tampoco muchas esperanzas ante lo que pueda suponer la reunión que hoy tendrán en Moncloa Zapatero y Rajoy. Este tipo de reuniones, así como los eventuales pactos, tienen sentido si, como ha ocurrido en Portugal, Gobierno y oposición acuerdan tomar reformas drásticas que, aun siendo impopulares, sean imprescindibles para reflotar nuestra economía. Pero, ¿qué cabe esperar de esa reunión, excepto la foto propagandística de rigor, cuando veinticuatro horas antes de celebrarla, el presidente del Gobierno, lejos de mostrar disposición a acometer las reformas a las que se ha venido oponiendo, arremete contra los especuladores como chivo expiatorio de su ruinoso inmovilismo?


 

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