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EDITORIAL

ZP, crecido en su congreso triunfal

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Corría el mes de julio del año 2000 cuando en un triste XXXV Congreso del PSOE un tal José Luis Rodríguez Zapatero se aupaba a la secretaría general del principal partido de la oposición. La postración en la que se encontraba el PSOE era casi tan absoluta como la mayoría en las Cámaras que acababa de conseguir el Partido Popular. La dimisión de Joaquín Almunia y el posterior cese voluntario de la Ejecutiva en pleno provocó que el Partido fundado por Pablo Iglesias, llegase a aquel Congreso dirigido por una gestora.
 
Nada que ver con el brío con el que hoy, casi cuatro años después, ha escenificado el socialismo español su vuelta al poder. De los cuatro candidatos que entonces subieron al estrado postulándose como posibles guías de un PSOE en horas bajas, se ha pasado a la grandilocuencia del ganador envanecido. Los que entonces disputaban a Zapatero el honor y la gloria de conducir un partido al borde de la bancarrota, hoy cierran filas en torno al líder que llegó a la Moncloa tras la mayor convulsión que España ha conocido en muchas décadas.
 
Frente a pesos pesados del partido como José Bono o Matilde Fernández, la candidatura de Rodríguez Zapatero fue la del compromiso. Tan de compromiso que ganó la elección por 9 votos. 414 frente a los 405 de José Bono. De eso, hoy, ya casi nadie se acuerda. El mejor situado era Bono y acaso el más preparado para una larga travesía del desierto que, a la postre, no lo ha resultado tanto. 
 
Después llegaría el tiempo de la moderación. De los tiempos en que Aznar, jugando a Cánovas, creyó haber encontrado su Sagasta en el aún treintañero socialista. Pero el PSOE no levantaba cabeza. Zapatero, que todavía no era ZP, estaba lejos de movilizar a los 11 millones de españoles que el 14 de marzo pasado le dieron su voto. Nadie, hasta hace apenas unos pocos meses, lo hubiera siquiera sospechado.
 
Zapatero, en estos cuatro años que separan un congreso del otro, ha creado un estilo de oposición inconfundible. Un extraño maridaje entre la sonrisa y la pancarta, entre el manido talante y los flirteos con la extrema izquierda. Esa insólita mercancía política se ha demostrado extraordinariamente útil en el momento decisivo. El día 11 de marzo, el mismo día que Madrid se tiñó de luto, la Ejecutiva socialista emanada del congreso de los cuatro candidatos escribió su última página. Una vez más, nadie lo esperaba. El célebre “talante”, es decir, la nada, dio su fruto. El martilleo de las campañas del Prestige y del “No a la guerra”, sabiamente orquestadas y mejor ensayadas en la calle, demolió la previsible mayoría del Partido Popular que terminó pagando caros, carísimos sus contados errores.
 
Los tres meses de gobierno del Ejecutivo Zapatero quizá no constituyan la horquilla de tiempo adecuada como para emitir un juicio definitivo. Sin embargo ciertas formas se dejan ver y ciertos modos son difíciles de ocultar. El binomio sonrisa y pancarta se mantiene. Y como muestra, dos botones: retirada de tropas, sonrisa; Ley de violencia doméstica, pancarta. Golpe de efecto sucedido de inmediato por un guiño a la izquierda ultramontana, es decir, soviética.
 
¿Dónde se sitúa, al margen del triunfalismo vacío del Congreso, el gobierno de Zapatero?, ¿A qué parte de su audiencia quiere satisfacer?, ¿a la de la sonrisa o a la de la pancarta? Con toda certeza no podrá seguir aguantando durante mucho tiempo el discurso dual de un Gabinete fracturado y de un partido, a pesar de lo que hemos visto hoy en Madrid, con la centrifugadora encendida. El ministro Solbes y la ministra Trujillo, el president Maragall y el presidente Ibarra son el resultado último y la cara oculta de la apertura triunfal del fatuo 35 Congreso del PSOE. 

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