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Eduardo Fernández Luiña

Una tiranía sin escrúpulos

Sólo con un discurso contundente y sin fisuras contra uno de los grandes liberticidas iberoamericanos se puede recuperar la democracia en Nicaragua.

Eduardo Fernández Luiña
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Sólo con un discurso contundente y sin fisuras contra uno de los grandes liberticidas iberoamericanos se puede recuperar la democracia en Nicaragua.
EFE

Sergio Ramírez cuenta en su libro Adiós muchachos cómo se produjo la salida del Gobierno por parte del sandinismo cuando perdió las elecciones en el año 1990 frente a Violeta Barrios de Chamorro, líder de la Unión Nacional Opositora. Aceptaron la derrota, sí; no sin antes transferir empresas, tierras y todo tipo de propiedades a su Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). La piñata. Menuda derrota.

Pasó el tiempo y el otrora líder revolucionario regresó al poder con energías renovadas en el año 2006. Fue ahí, en la segunda etapa, que Daniel Ortega aprendió de sus errores. Jamás volvería a perder. Los tiempos le beneficiaban, pues en la primera década del siglo XXI un nuevo socialismo campaba a sus anchas por Iberoamérica, de la mano de Hugo Chávez, Rafael Correa, Cristina Fernández de Kirchner o Evo Morales. Ortega puso en práctica el manual bolivariano y comenzó su proceso de concentración del poder. Para ello emprendió una reforma constitucional cuyo objetivo era facilitar su reelección ad eternum.

La reforma le entregó más poder al Ejecutivo, que con facilidad pudo capturar el resto de poderes del Estado –Legislativo y Judicial–. Sin embargo, un importante porcentaje de la población fue consciente de la amenaza y ofreció resistencia. Descollaron ahí los estudiantes. En el año 2018 la reforma del seguro social, ya de por sí de baja calidad, sirvió como ventana de oportunidad y motivó una serie de manifestaciones lideradas desde varios centros universitarios. El Gobierno comunista puso en práctica aquello que más domina: violencia y represión masiva que provocaron más de cuatrocientos muertos y un gran número de presos políticos y desaparecidos.

En noviembre tendrán lugar unas nuevas elecciones. Por tal motivo, la oposición al sandinismo se organizó y nuevamente Daniel Ortega y su camarilla idearon un plan parar asegurarse una nueva reelección y el mantenimiento de una de las grandes dictaduras de la región, junto a la venezolana y, por supuesto, la cubana. Esta vez la opción del sandinismo ha sido la de perseguir a la oposición organizada haciendo uso de los tribunales. El aspirante Félix Madariaga fue detenido, acusado de terrorismo. La aspirante Cristiana Chamorro fue acusada de lavado de dinero. En cuanto a Arturo Cruz, no llegó a ingresar al país, pues fue detenido en el aeropuerto a su regreso de los Estados Unidos. El régimen también acusó de "incitar a la injerencia extranjera" a Juan Sebastián Chamorro y lo detuvo. Básicamente, cinco meses antes de los comicios, Daniel Ortega ha eliminado a la oposición para fabricar una a su medida.

La batalla contra el régimen sanguinario liderado por Ortega y familia debe ser frontal. Todos los demócratas a un lado y otro del Atlántico están obligados a ejercer presión sobre el régimen para que libere inmediatamente a los cuatro candidatos detenidos. Solo así, con un discurso contundente y sin fisuras contra uno de los grandes liberticidas iberoamericanos, se puede recuperar la democracia en Nicaragua. Solo así se puede derrotar a esta tiranía.

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