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Anclados en la Edad Media

Una lectura atenta de 'Identidades asesinas', de Amin Maalouf, podría devolver a Rahola a la órbita del pensamiento racional, pensamiento que en su Arcadia de hace 800 años era castigado con la hoguera.

Eduardo Goligorsky
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En mi artículo "El lamento del pagano" tildé de totalitarios a los militantes secesionistas que acusan de ser enemigos de las instituciones y de los símbolos patrios a quienes no comulgan con las directivas políticas del Líder Supremo. Los estigmatizados fueron Josep Piqué y el Cercle de Economia, que no canonizaron el pacto fiscal, "joya de la corona" del president de la Generalitat, Artur Mas. Debo confesar que me equivoqué.

En dicho artículo comparaba a los acusadores con los castristas, que llaman "gusanos" a los disidentes; con los peronistas, que los llaman "cipayos", y con los franquistas, que los llamaban "conspiradores judeomasonicomarxistas". Insisto: me equivoqué. Los totalitarismos son producto de una patología que tiene sus raíces en el siglo XX, con metástasis en el XXI. En cambio, el nacionalismo identitario que genera difamaciones como la arriba citada está anclado en la Edad Media. En aquella época tenebrosa, los esbirros del Santo Oficio se especializaban en la cacería de relapsos, herejes y heterodoxos. Quien me inspira esta mirada retrospectiva es, nuevamente, la ubicua Pilar Rahola, quien en su artículo "La botiflera", o sea, en castellano, "La traidora" (La Vanguardia, 22/6), se encarnizó con Dolores Serrat, consejera de Educación del Gobierno de Aragón,

una Agustina de Aragón de pacotilla que lucha contra las fuerzas del mal nacionalistas. Es la inventora del término "aragonés oriental" y la responsable de la ley más lesiva contra los derechos lingüísticos de 60.000 personas que viven en un territorio, la franja de Ponent, donde hace 800 años que hablan catalán (...) No hay nada peor que una persona que, para ser aceptada, necesita traicionar sus orígenes. Es decir, la identidad de su gente durante generaciones.

Aduanas lingüísticas

Anclada en la Edad Media, la columnista dicta, como lo hacían los inquisidores, su auto de fe, o su fatua, para decirlo con el lenguaje de los otros supervivientes del Medioevo, los imanes islámicos, contra la relapsa, hereje o heterodoxa. Con idénticos argumentos a los utilizados, vean por dónde, contra el botifler, o sea el renegado Salman Rushdie, aunque, afortunadamente, con menos efectos prácticos. ¿"Traicionar sus orígenes"? ¿Es catalana vieja o catalana nueva la señora Serrat? En los 800 años transcurridos desde que se empezó a hablar catalán en la franja de Ponent (o de Levant, según desde dónde se mire) se sucedieron muchas generaciones de emigrantes e inmigrantes que, como en todas las sociedades no encapsuladas y degeneradas por la consanguinidad, hablaron, pensaron y actuaron de muy distinta manera. ¿"La identidad de su gente durante generaciones"? Esto sí nos trae al nazismo moderno, experto en filtrar identidades de arios viejos y arios nuevos. Una lectura atenta de Identidades asesinas, de Amin Maalouf (Alianza, 1999), podría devolver a Rahola a la órbita del pensamiento racional, pensamiento que en su Arcadia de hace 800 años era castigado con la hoguera.

Todo lo cual nos plantea un interrogante: quienes entablan estas polémicas erigiéndose en defensores de los presuntos derechos lingüísticos de minorías presuntamente amenazadas, ¿actúan movidos por un exquisito interés académico en la preservación del acervo filológico? ¡Qué va! La cultura y la filología les importan un pimiento. Si les importaran, clamarían al cielo por el desamparo al que está condenada la lengua castellana en las escuelas catalanas. Su objetivo es otro, de naturaleza estrictamente política: levantar aduanas lingüísticas para obstaculizar la movilidad y la comunicación dentro del territorio de España, ese mismo territorio que se proponen fragmentar.

La idealización de la perennidad identitaria y de las formas de vida sencillas asociadas a las sociedades tradicionales, cuando no medievales, es, como hemos visto, inseparable de estas corrientes políticas que, aunque se disfracen de solidarias y progresistas, son eminentemente reaccionarias y discriminatorias. El paleontólogo Ives Coppens hace una sabia reflexión al respecto (en Luigi Luca Cavalli-Sforza, Genes, pueblos y lenguas, Crítica, 2000):

Cuando vemos, por ejemplo, a los bosquimanos o a los indios de América, relegados en lo que crudamente se califica de "reservas", cabe la pregunta: ¿querer que esas poblaciones continúen con sus tradiciones, sus cantos, sus lenguas, no es prohibirles el acceso al mundo contemporáneo? ¿Acaso esas reservas no son pequeñas islas de origen que mantenemos para nuestro disfrute y no para el de sus habitantes? Creo que esas poblaciones no tienen otra solución que mezclarse genética y culturalmente con nosotros –lo que también vale recíprocamente– o desaparecer. No hay que sentir nostalgia.

El lingüista Gilles Polian, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología (Ciesas Sureste) de Chiapas, escenario de las patochadas del falso subcomandante Marcos, subraya (El País,11/6/2012):

El problema que yo he observado es que la lengua indígena no ayuda. Importa que los hijos hablen español e incluso inglés. No sé si lo definiría como complejo, lo veo más una cuestión práctica, de supervivencia. Si eso tiene como precio perder la lengua, es un precio menor.

Vulnerables a la demagogia

Coppens comete un pecado de candidez cuando presume que los políticos conservan esas pequeñas islas para el disfrute de los espectadores urbanos. En realidad se trata de baluartes electorales, cuyo aislamiento cultural e incomunicación lingüística respecto del resto de la sociedad civil circundante, junto al encadenamiento a mitos y tradiciones anacrónicas, los hace vulnerables a la demagogia y el clientelismo. Nuevamente, nada puede ser más ajeno a las motivaciones de estos políticos que la vocación humanista de preservar lenguas o culturas autóctonas.

Un ejemplo patente de la instrumentalización política del tribalismo retrógrado con fines bastardos lo encontramos en la Constitución boliviana del 2009, aprobada bajo el mandato del manipulador cocalero Evo Morales. En el texto que reproduce la web Pueblos Originarios en América leemos:

Se considera Nación y pueblo indígena originario campesino a toda la colectividad humana que comparta identidad cultural, idioma, tradición histórica, instituciones, territorialidad y cosmovisión, cuya existencia es anterior a la invasión colonial española.

Este pueblo indígena ha sido condenado por dicha Constitución a ceñirse a las formas de vida primitivas de sus antepasados, con sus creencias religiosas, espiritualidades, prácticas y costumbres; su propia cosmovisión; sus saberes y conocimientos tradicionales, su medicina tradicional, sus idiomas. Reviste especial importancia el reconocimiento de la justicia indígena: "La jurisdicción ordinaria y la jurisdicción indígena originario [sic] campesina gozarán de igual jerarquía". O sea, que Evo Morales dejó sentadas las bases para la anarquía sanitaria, educacional, cultural y jurídica que creyó poder utilizar en su propio beneficio, aunque ahora le ha salido el tiro por la culata. Las víctimas del desbarajuste involucionista fueron, son y serán los 60 grupos tribales, a menudo enfrentados entre ellos. Como lo serán las futuras generaciones en nuestra más civilizada España si se convierten en realidad los planes de los balcanizadores.

Exhumaciones mistificadoras

Volvamos, pues, a España. El mismo día en que Rahola dictó su fatua contra la apóstata Dolores Serrat, La Vanguardia publicó una columna de Antoni Puigverd en la que este funambulista, después de vapulear desde la cuerda floja a la misma descarriada, y de remover los venenos de la leyenda negra del anticatalanismo español, deslizó un puñado de arena para compensar la carretada de cal:

Por supuesto: el catalanismo ha fallado mucho en su estrategia de vecindad con Aragón (agua, obras sacras y Juegos Olímpicos de invierno podrían haberse defendido de manera solidaria y mutual [sic] con Aragón). ¿Y qué decir de la identificación política de la lengua con el pancatalanismo? ¡Una fábrica de ganar enemigos!

Pues de eso se trata. Y es lógico, no extraño como afirma Puigverd, que, vista esta "identificación política de la lengua con el pancatalanismo" que practican los ideólogos del irredentismo, el PP desenmascare las triquiñuelas que éstos utilizan para plantar sus banderas en Valencia, Baleares y Aragón, y en el Rosellón francés y el Alguer italiano, con el fin de refundar los Països Catalans que expandieron el gran inquisidor Nicolás Aymerich, el predicador despótico Vicente Ferrer, el depredador Roger de Flor con sus mercenarios almogávares y el rey colonizador Jaime I. Sin que a los secesionistas les importen un pimiento, repito, los aspectos académicos y filológicos que reivindica Puigverd.

Y sin apartarme del tema, abro un paréntesis para recrearnos con la faceta ridícula de estas exhumaciones mistificadoras que reflotan amañadas raíces identitarias, más lejanas aun que las que idolatra Rahola. Escribe Gregorio Morán (LV, 23/6/2012):

Vamos a vivir un afloramiento astur-txale, variante autóctona del independentismo, pero en plan sidrería y sacar pecho, "venimos del siglo noveno". Un reciente titular anunciaba los restos de un chaval de hace 49.000 años hallado en las faldas del Sueve: "Niño, asturiano y neandertal". Ahí queda eso.

Ahorcadas en Massachusetts

Ahora hablemos en serio. Baltasar Porcel contó en Retrato de Julio Caro Baroja (Círculo de Lectores, 1987) que, cuando le planteaban que con el autonomismo la gente sentía una mayor impresión de libertad y hablaba de las libertades forales y de las leyes de cada reino antes de la Nueva Planta impuesta por Felipe V, don Julio respondía:

Sí, en efecto, con todas esas leyes en Navarra, Aragón, Cataluña, serían muy libres, pero en las cosas fundamentales desde el Renacimiento, que son la libertad de conciencia del hombre, la de expresión, la de elección, no sólo no lo eran sino que vivieron cientos de años con la Inquisición y no les importó. Luego, este foralismo y las llamadas libertades colectivas no comportaban las libertades que quiere y necesita el hombre de hoy, las individuales.

Naturalmente, ninguna invocación visceral a la mitología lingüística e identitaria encarnada en el Aragón de hace 800 años resiste la comparación con este modelo de discurso ilustrado. Y fue el muy añorado profesor Juan Ramón Lodares quien abordó el tema con su proverbial racionalidad en El paraíso políglota (Taurus, 2000), poniendo en su lugar al conglomerado reaccionario, que él llamaba "tradicionalista":

Sin embargo, no es normal que se combata abierta o sigilosamente el realismo lingüístico, es decir, el interés de los hablantes por pasarse a la lengua que a su juicio les brinda más oportunidades. En términos generales, la lengua que más atrae a nuestros realistas es el español, a casi nadie le interesa perderlo o dejar de dominarlo. Por eso el combate del nuevo tradicionalismo no es un combate contra el español en sí, que sería un combate absurdo, porque incluso si todos los catalanes, vascos, gallegos, valencianos, mallorquines, asturianos, aragoneses de la Franja (o aragoneses todos), etcétera, etcétera, decidieran abandonar el español, numéricamente no se notaría. Se notaría en otras cosas: la gente en España quedaría más aislada, la vida sería más incómoda y las comunicaciones mucho más costosas y difíciles, pero la lengua española en sí perdería un porcentaje ridículo de su población (recuperable por México en cuatro o cinco años). El combate es mucho más preocupante, porque lo es contra el realismo lingüístico, es decir, contra personas que quieren elegir y se ven coartadas. En España se combate el realismo de diversas maneras, pues se supone que en las áreas de contacto lingüístico el realista ha de ser forzosamente bilingüe, en lugar de ser tranquilamente hispanohablante. Ha de hacerse bilingüe, además, según planes de ingeniería social trazados por consejerías y comités de expertos que orientan "científicamente" el futuro de las masas.

En esas estamos mientras continúa la navegación rumbo a la Ítaca soberana. Ahora, nos quieren convencer de que esa Ítaca tiene el perfil de Massachusetts. Cuidado. El Massachusetts de hoy es un prodigio de modernidad y desarrollo científico, es inseparable de esa potencia formidable que se llama Estados Unidos, y sus habitantes hablan el mismo idioma que se habla en el resto del país. Pero el peligro reside en que nuestros secesionistas tienen la malsana obsesión de mimetizarse con las supercherías del pasado, y fue precisamente en Massachusetts, en la aldea de Salem, donde a finales del siglo XVII los puritanos, adoctrinados por el implacable teólogo Cotton Mather, ahorcaron a unas díscolas mujeres acusadas de brujería. A las hoy famosas brujas de Salem, inmortalizadas por Arthur Miller, también las consideraron botifleras, o sea traidoras. Traidoras a la identidad, los dogmas y los prejuicios de sus antepasados.  

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