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Eduardo Goligorsky

Cínicos y fanáticos por el sí

Pilar Rahola denuncia los desmanes del kirchnerismo en Argentina pero calla ante los de su gemelo catalán, el secesionismo en el que milita.

Eduardo Goligorsky
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Pilar Rahola denuncia los desmanes del kirchnerismo en Argentina pero calla ante los de su gemelo catalán, el secesionismo en el que milita.
EFE

Pilar Rahola se ciñe disciplinadamente a su edicto de no pronunciar una palabra sobre las batallas intestinas que libran entre bastidores las tribus secesionistas para monopolizar el poder y, en busca de temas más gratos a la retórica sectaria, se ensaña con el Gobierno de España, el Poder Judicial y los políticos hostiles al procés. También surfea por la política internacional y así es como aterriza en "La hora argentina" (LV, 22/10). Confieso que me seducen sus análisis del peronismo, en primer lugar porque son bastante correctos y en segundo lugar porque cada vez que los practica desenmascara, sin proponérselo, las similitudes que existen entre esa rama del totalitarismo y el secesionismo que la misma Rahola abraza con pasión militante.

Exhibiciones de chulería

Denuncia la panfletista la vocación dinástica del kirchnerismo, que pasa el testigo a Máximo, hijo de los autócratas, olvidando que el pujolismo alimentó la misma ilusión, secundada por Artur Mas y los restantes cortesanos, hasta que la frustró el enjuiciamiento del emprendedor Oriol y sus hermanos. Enumera luego los "virus letales para la democracia" que anidan en el peronismo. Empieza por el "populismo desaforado", gemelo del que Junts pel Sí derrama a través de los medios de comunicación oficiales y subvencionados; sigue por el acoso a la justicia, que aquí se materializa en las exhibiciones de chulería sobre la escalinata de los tribunales y en las amenazas de desobediencia colectiva a las sentencias y las leyes; y termina por

una presión sobre la sociedad civil, desde intelectuales o periodistas hasta empresarios, que ha abierto grandes vías de agua en la democracia argentina.

Y, por supuesto, en la catalana, atacada por los mismos "virus letales".

Por fin, para que no queden dudas sobre el parentesco entre los dos totalitarismos, basta aplicar una vez más a la realidad catalana y al secesionismo la descripción que ofrece Rahola sobre las desventuras de la república austral:

Hoy por hoy, Argentina no es un país seguro ni para la libertad de expresión ni para la libertad de acción, y para muestra, la solapada persecución a periodistas y a empresarios que no ha cejado durante todo el kirchnerismo.

Pilar Rahola hace hincapié en las lacras del kirchnerismo, pero este es solo uno de los componentes del totalitarismo peronista, y para corroborar la naturaleza totalitaria del secesionismo hay que cotejarlo con otras facetas aparentemente contradictorias del peronismo: estas facetas y sus aparentes contradicciones también están presentes en el secesionismo.

Conclusión aterradora

Fernando A. Iglesias, politólogo argentino autor de Es el peronismo, estúpido (Galerna, Buenos Aires, 2015), aporta los instrumentos apropiados para realizar esta disección en su artículo "Cinismo y fanatismo en el movimiento nac&pop" (La Nación, Buenos Aires, 23/10). Nac&pop es la abreviatura beat de "nacional y popular", seña de identidad que se adjudican los peronistas. Explica el autor:

Según la Real Academia, cinismo es "desvergüenza en el mentir o en la práctica de acciones o doctrinas vituperables"; y el fanatismo "apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas". Cínico es quien no cree verdaderamente en nada y por eso puede cambiar constantemente de ideas y valores, y fanático es el que cree en demasía, acrítica y rígidamente, y por eso subestima o persigue a los demás. En los países medianamente organizados, cínicos y fanáticos son tribus opuestas y hasta enemigas, cuyos integrantes se desprecian mutuamente. Aquí no. Aquí cínicos y fanáticos son aliados históricos en el principal mal que aqueja a la Argentina: el movimiento nac&pop.

O sea, el movimiento peronista. Iglesias sintetiza así la evolución del peronismo:

Insiste así en combinar cinismo y fanatismo con esa habilidad que solo otorga la perversión. En cada una de sus fases, el peronismo fue fanático en sus adaptaciones al clima de época global -neoliberal, convertible y aperturista ayer; latinoamericanista, inflacionista y mercadointernista hoy-, reivindicando la propiedad de la verdad y descargando en nombre de los sagrados principios su pesada artillería dialéctica sobre los contradictores, para después virar cínicamente hacia los principios opuestos, en los que suele instalarse con renovado fanatismo a la espera del siguiente viraje epocal.

La conclusión a la que llega Iglesias es aterradora: la vía del cinismo puede desembocar en un narcoestado como México y la del fanatismo en una dictadura como la venezolana.

Disputa tabernaria

La amalgama de cinismo y fanatismo es, hoy, la marca de fábrica del secesionismo. El componente cínico está presente en la matriz de CDC. Envuelto en la senyera, el patriarca Pujol inició la cruzada redentora con el respaldo de la fortuna que su padre había amasado en las trastiendas del estraperlo gracias a la benevolencia de la dictadura franquista. En su empresa lo acompañaba Òmnium Cultural, de cuyos responsables decía Josep Tarradellas que eran "catalanistas en Barcelona, franquistas en Madrid" ("Los papeles secretos de Tarradellas", LV, 26/10). Durante la Transición, los aprendices de secesionistas negociaron con el PSOE para zafarse de las imputaciones por Banca Catalana y con el PP para librarse de la mosca cojonera Aleix Vidal-Quadras y así poder seguir puliendo lo que ahora se llama hoja de ruta.

La simbiosis del cinismo con el fanatismo quedó retratada cuando los convergentes abjuraron de los simulacros de patriotismo y, con un desprecio olímpico por esas tradiciones identitarias de las que se vanagloriaban, cambiaron la bandera mítica de Cataluña, la senyera, por un emblema sectario cuya estrella estás cargada de reminiscencias revolucionarias. Otra analogía con el peronismo, que cambió el escudo argentino por la insignia del partido que era una caricatura rectilínea del original.

El cinismo agazapado tras el telón de la estelada ha escrito el guión magistral de la "ópera bufa" (Pilar Rahola dixit, LV, 27/10) en la que vemos cómo jueces, fiscales, guardias civiles y testigos protegidos van a explorar las cuevas de Alí Babá donde CDC, trocada en fanática secesionista, esconde documentos triturados, discos duros borrados y cajas fuertes selladas. Al mismo tiempo, en otra pista del circo el cinismo y el fanatismo combinados -convergentes, comunistas, esquerranos y cupeiros- presentan un proyecto de resolución para abrir el proceso de creación de "un estado catalán independiente en forma de república". Y para completar el ridículo, instan al futuro gobierno a poner en marcha este proceso cuando es público y notorio que no pueden formar ese gobierno porque están enzarzados en una disputa tabernaria por el poder.

La preponderancia del componente fanático, representado por la CUP, con ramificaciones en Junts pel Sí y en Sí que es Pot, alarma al establishment, siempre más cómodo con el componente cínico, como se comprobó en la etapa pujolista. Denuncia Francesc Granell ("¿Antieuropeísmo?", LV, 24/10):

Mi conclusión (…) tras haber leído el programa económico de la CUP, es que no es posible pensar que una Catalunya independiente con el respaldo programático de la CUP pudiera estar en la UE, pues la UE tiene sus reglas de funcionamiento de respeto a la propiedad privada y a la economía de mercado y en ellas no caben ideas como la nacionalización de la banca, el impago de la deuda, la autogestión de sectores estratégicos, la colectivización, la expropiación sin compensación o el anticapitalismo radical.

¡Basta ya!

Los fanáticos estigmatizan a los empresarios y los banqueros que, espantados por los energúmenos, anuncian que se llevarán sus capitales e instalaciones a Madrid o a países más acogedores que esta nueva república mostrenca. Los cínicos embarcados en el proceso optan, en cambio, por poner sus bienes a buen recaudo, discretamente, sin irritar a sus compañeros de viaje fanáticos. Marius Carol cita un caso emblemático que debería hacer reflexionar a muchos ingenuos seducidos por la cháchara demagógica de quienes fueron business friendly y hoy se amanceban con los descamisados anticapitalistas ("El idealismo para los políticos", en La Segunda de LV, 26/10):

Víctor Grifols ha anunciado en los últimos días que traslada a Dublin las tres cuartas partes de su importante grupo farmacéutico por motivos tributarios y regulatorios. La compañía, una de las líderes mundiales de hemoderivados, mantendrá el cuartel general en Sant Cugat, pero se lleva a la isla de Irlanda la política comercial, la actividad I+D, la gestión de la tesorería y la división de bioscience que es, sin duda, la más relevante de su negocio. (…) La noticia puede haber sorprendido, porque Víctor Grifols había manifestado ilusión por el proceso soberanista que se vive en Catalunya. Durante la inauguración de una planta en Parets, le dijo a Artur Mas: "President, tire adelante y no se arrugue". Más claro, imposible.

Se arrugará, sí, se arrugará, como se arrugó el empresario secesionista celoso de sus bienes. Es lógico pensar que el contubernio de cínicos y fanáticos por el sí terminará descarrilando como acaba de descarrilar su gemelo peronista en Argentina. Cuando los ciudadanos se emancipan del rebaño aprenden a decir: "¡Basta ya!".

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