Menú
Eduardo Goligorsky

¡Fuera los comunistas!

Mientras los admiradores y émulos de los dictadores tercermundistas y del psicópata Che Guevara sigan gangrenando España, la consigna de todos los patriotas debe ser: ¡fuera los comunistas del Gobierno!

Eduardo Goligorsky
0
Mientras los admiradores y émulos de los dictadores tercermundistas y del psicópata Che Guevara sigan gangrenando España, la consigna de todos los patriotas debe ser: ¡fuera los comunistas del Gobierno!
| EFE

Todo lo que los observadores cualificados tenían que decir sobre la moción de censura ya está dicho. A favor y en contra de los discursos de Santiago Abascal y Pablo Casado. Pero quedan flecos. Por ejemplo, el mal sabor de boca que nos ha quedado a todos quienes habíamos vislumbrado en la foto de la Plaza de Colón el presagio de un frente constitucionalista forjado para salvaguardar los valores de la Transición y los derechos y deberes enunciados en la Carta Magna de 1978. Un sentimiento de aflicción que crece cuando vemos que los acérrimos enemigos de estos valores y de esta Carta Magna aplauden porque, como dicen ellos, esa foto se ha roto. Se ha roto –esperemos que solo transitoriamente– cuando España está sumida en una crisis sanitaria, económica, institucional y de convivencia que la coloca al borde de la disolución.

Cambio de prioridades

Es la naturaleza plural de una sociedad abierta y democrática lo que determina que existan en ella partidos políticos y movimientos sociales situados en todas las casillas del tablero ideológico. Partidos políticos y movimientos sociales que en circunstancias normales compiten entre ellos, unas veces civilizadamente y otras no tanto, para tomar las riendas del poder. Pero cuando las circunstancias no son normales es razonable que se produzca un cambio de prioridades que ponga sordina las discrepancias –sin anularlas– para dejar paso a los acuerdos temporales. Este es el criterio que debería imperar en la consolidación del frente de salvación nacional en y para España.

Los que sobran en estos trances son los dogmatismos y los maniqueísmos. Nunca he ocultado mi afinidad con una versión pragmática del liberalismo que me ha llevado a votar, sucesivamente, y sin arrepentirme luego, al PSOE de Felipe González, que ya no existe, al PP de José María Aznar y al Cs de Albert Rivera e Inés Arrimadas.

Ahora, con igual criterio, aplaudo la entereza de todos aquellos que, por encima de sus diferencias tácticas, comparten la lealtad a la España de los libres e iguales: el riguroso Aznar, que aconsejó votar ‘no’ en la moción de censura; la insobornable Cayetana Álvarez de Toledo, que aconsejó abstenerse; Isabel Díaz Ayuso, guardiana celosa de su comunidad; y el innovador Pablo Casado, que ha practicado un sorpresivo cambio de estrategia. Simultáneamente, aunque marco distancias con el discurso chovinista y confesional de Vox, no me asusta tenerlo como aliado en la defensa de la Monarquía parlamentaria y la unidad de España. Su compañía tampoco asusta, afortunadamente, al PP y Cs cuando buscan su apoyo para gobernar autonomías y ayuntamientos.

Avanzadilla de la barbarie

Lo que sí me asusta, y debería asustar a la ciudadanía sensata, es el manifiesto firmado por toda la morralla totalitaria que, con el pretexto hipócrita de defender una democracia que aborrece, exige silenciar una voz –que es la de Vox– en el Parlamento, para luego ampliar la proscripción a todo el arco opositor. Y transformar así el ágora plural en un sóviet monolítico. Hoy lapidan a Abascal, mañana lapidarán a Casado, Arrimadas y los socialistas tibiamente díscolos como García-Page y Lambán. Ahí están, compinchados, el PSOE, Unidas Podemos, PNV, Bildu, Esquerra Republicana, Junts per Catalunya, Bloque Nacionalista Galego, CUP, Compromís y Más País. O sea, todos los despojos que el doctor Frankenstein ensambló para engendrar su monstruo: renegados del socialismo, comunistas, hispanófobos y albaceas de matarifes. Son la avanzadilla de la barbarie en España como los islamistas lo son en Francia.

Para completar, el tartufo Pedro Sánchez ha ido a negociar una indulgencia sospechosa con el papa Francisco, peronista hostil a la economía de mercado y al derecho de propiedad, dos de cuyos favoritos en su patria, Argentina, son Juan Grabois, cabecilla intocable de una horda de okupas violentos de campos y viviendas que siembran el caos por todo el país, y Hebe de Bonafini, desquiciada apologista de los terroristas asesinos Montoneros y también etarras. Nunca más cierto: Dios los cría y ellos se juntan. ¿Cómo no asustarse? Si todos los histriones aquí citados aparecieran en una película, sería galardonada con el primer premio en el Festival de Cine de Terror de Sitges.

Un antecedente aleccionador

Volvamos al frente de salvación nacional, cuya continuidad cohesionada sin vetos intempestivos deberíamos garantizar, guiándonos por un antecedente aleccionador. En 1946 se celebraron elecciones en Argentina, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. El entonces todavía coronel Juan Domingo Perón era el candidato a presidente que contaba con el respaldo mediático y económico de los jerarcas nazis prófugos y de sus acólitos locales. Los partidarios del bloque aliado, que entonces incluía a la Unión Soviética, formaron la Unión Democrática para enfrentarlo. Pero el partido de la clase media, la Unión Cívica Radical, se opuso a que los conservadores se sumaran al pacto, en tanto que los comunistas, obedeciendo instrucciones de Moscú, insistían en recibirlos fraternalmente, abrazando en sus mítines a grandes empresarios y terratenientes.

Se impuso el veto de los radicales y Perón triunfó con 1.478.372 votos contra 1.211.660 de la Unión Democrática. Una diferencia de 266.712 sufragios que fue consecuencia de la exclusión de los conservadores. Argentina todavía está pagando el alto precio de aquel error, que desembocó en la perpetuidad de la satrapía peronista.

Procuremos que esta desgracia ajena nos sirva de escarmiento y evitemos la tentación de practicar discriminaciones que traerán consigo el riesgo de perpetuar, en este caso, la satrapía sancho-comunista, solo para congraciarnos con la pseudoizquierda entreguista.

La casa en orden

A juicio de los observadores internacionales y de muchos locales, España está en vías de convertirse en un Estado fallido como Argentina o Venezuela, si es que no ha llegado ya a ese punto. Aún podemos detener y revertir este proceso involutivo si nos acostumbramos a sumar en lugar de restar y a no distraernos con polémicas estériles sobre galgos y podencos. Dejemos la controversia con Vox –lógica y deseable en una sociedad normal– para cuando hayamos echado a los vándalos del Gobierno.

Por eso, mientras los admiradores y émulos de los dictadores tercermundistas y del psicópata Che Guevara, como el mercader del odio Pablo Iglesias, sigan gangrenando España, la consigna de todos los patriotas debe ser: ¡fuera los comunistas del Gobierno! Después de expulsarlos a ellos y a la casquería antiespañola, encontraremos la forma de poner la casa en orden, con el Rey en la Jefatura del Estado, la Constitución intacta y la Unión Europea y la OTAN –sí, también la OTAN y las bases de Rota y Morón de la Frontera– cuidándonos las espaldas.

En España

    0
    comentarios

    Servicios