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Cánones y más cánones

Hoy han sido los préstamos en las bibliotecas. Mañana serán los discos duros (en algún país europeo ya se han aprobado cánones parecidos), los iPods, las conexiones de ADSL (sospecho que será el próximo caballo de batalla de nuestra querida SGAE)

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Hace un par de años hablaba del error de la SGAE al abrazar ciegamente los cánones como tabla de salvación desdeñando un futuro en el que el artista se beneficiase de formas más indirectas de la distribución de sus obras musicales. El artículo pecaba de idealista, pero sobre todo caía en el error de presuponer que la Sociedad General de Autores y Editores se preocupa lo más mínimo por los autores o por la música. En absoluto, la sociedad monopolística se preocupa en exclusiva de sus propios intereses y los de sus adinerados patrones (los editores, para más señas), y la música y otras zarandajas son completamente irrelevantes. Salvo cuando se trate de hacer declaraciones públicas.
 
De aquí llegamos a los cánones, esa especie de impuesto cuya sombra empieza a perseguir a cualquier soporte digital que podamos imaginar, y que se ha convertido en una de las principales fuentes de ingresos de la SGAE, justificada o injustificadamente. Los cánones por copia privada, que presumen que todo lo que hacemos con un CD virgen es hacer copias privadas (legítimas, por tanto) de obras protegidas, y que encubiertamente aspiran a cobrarse lo perdido a manos del top manta o del perverso P2P por vías indirectas y absolutamente torticeras. El dichoso canon, que en la realidad nos convierte a todos los ciudadanos en criminales juzgados y condenados y, precisamente por toda esta perversa argumentación, nos legitima y da alas a piratear indiscriminadamente todo el material protegido que caiga en nuestras manos. Y es que si pago canon, al menos que sea justificadamente. Nunca la SGAE alentó tanto la piratería.
 
Los cánones han venido para quedarse. Poco importa que la discusión real sea si el copyright ha muerto, si hay que plantearse medidas estructurales para una cuestión que seguirá ahí dentro de 10 años (si cabe, intensificado) y que el artista necesite soluciones a un problema que han creado las discográficas y las sociedades de autores. Todo eso es irrelevante. Lo importante es que la forma de exprimir a la gallina de los huevos de oro antes de que muera de asfixia, la solución cortoplacista pero económicamente jugosa, es imponer cánones en todo lo que se cruce en nuestro camino. Ayer eran los CDs y los DVDs. Hoy han sido los préstamos en las bibliotecas. Mañana serán los discos duros (en algún país europeo ya se han aprobado cánones parecidos), los iPods, las conexiones de ADSL (sospecho que será el próximo caballo de batalla de nuestra querida SGAE), las tarjetas de memoria y cualquier nuevo soporte que potencialmente pueda albergar información susceptible de estar protegida.
 
Que el lector no se engañe. Todos estos cánones saldrán adelante, la SGAE es un poder fáctico con tentáculos políticos (recordemos su acuerdo con el PSOE, sin ir más lejos) que además trascienden la dinámica de partidos (con el PP, sin ir más lejos, se aprobó la Ley de Propiedad Intelectual vigente y los cánones sobre CDs), y si se lo proponen lo conseguirán, que duda cabe. El problema para ellos es que el trasfondo de esta situación no es estático sino cambiante. El parasitismo de la SGAE puede funcionar durante algún tiempo. Las mentiras que propaga pueden valer de forma efímera. Pero tarde o temprano los ciudadanos de a pie nos hartaremos de los cánones acompañados de insultos, el panorama de la propiedad intelectual cambiará sin remedio, y la música buscará –y encontrará– formas de sobrevivir al margen del actual estado de cosas. Y entonces no habrá canon que valga. Hasta entonces, cánones y más cánones.
 
 
Eduardo Pedreño es editor de DiarioRed.com y Periodismolatino.com

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