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El fin de una era

Microsoft ha cambiado el mundo en estos 25 años y que Gates, con sus luces y sus sombras, es y será un personaje de referencia en el mundo el software y de los negocios

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El reciente anuncio de la retirada casi total de Bill Gates de la gestión diaria de Microsoft es una muestra más del fin de una era del software marcada por gigantescas empresas, modelo hoy en plena redefinición. Gates acumula una fortuna con la que podría vivir miles de vidas, pero ante todo dirige una empresa en horas bajas de cotización bursátil, desconcertada ante el vertiginoso cambio, incapaz de hacer frente a Google, sin una visión estratégica sólida, alejada del mercado y sin capacidad de utilizar de forma tan efectiva como antes el inmenso poder de su monopolio del sistema operativo. El gigante de Redmond se aseguró hace años el liderazgo en sistemas operativos de escritorio y suites ofimáticas, sin darse cuenta de que el mercado ya empezaba a pensar en otras cosas para las que no estaban preparados. Y siguen sin estarlo.

La historia de Bill Gates es la de Microsoft, capaz de lo mejor y lo peor. Treinta años atrás, Gates vio un mercado que podía desarrollarse de manera exponencial y apostó por él junto a Paul Allen, que dejó la compañía unos años después tras graves problemas de salud. La historia de Microsoft sería muy diferente –y quién sabe si mejor– si Allen hubiera permanecido. Sin excesiva brillantez técnica, Microsoft logró contratos con IBM para desarrollar su sistema operativo (el MS-DOS) y empezó una imparable carrera hacia el estrellato, no exenta de encarnizadas guerras con competidores a los que en ocasiones aplastó haciendo uso de dudosas prácticas de mercado. Bill Gates tuvo la visión de un monopolio (el del sistema operativo) sobre el que apoyarse para ganar el mercado de las suites ofimáticas, navegadores de Internet y un largo etcétera de herramientas, que en muchas ocasiones copiaban a la competencia o habían sido directamente robadas de ésta (el caso Stacker, en el que Microsoft robó la propiedad intelectual de su rival, es paradigmático). Los enemigos fueron cayendo y Microsoft, en los años 90, quedó como líder solitario del mundo del software, un imperio al que nadie podía hacer frente, y en el que los competidores sucumbían ante el omnímodo poder de Gates (Netscape como ejemplo más claro).

Y aquí empezaron las desgracias para Bill. Su visión se había cumplido, el ordenador personal en cada escritorio era una realidad, y Gates empezó a perder la capacidad de ver el futuro, probablemente confundido con la propia propaganda de su empresa. No se dio cuenta de que Internet era el siguiente campo de batalla (Microsoft había impulsado su propia Internet privada, MSN), y aunque consiguió el liderazgo del Explorer no consiguió imponer sus estándares en la Red. Hoy en día el servidor estándar en Internet es Linux, el servidor web es Apache, y la base de datos es MySQL, los tres muy alejados de Microsoft en todos los sentidos. Tampoco supo darse cuenta de la enorme amenaza que el software libre planteaba, y hoy día la empresa se halla rodeada por versiones de Linux, por gigantes como Novell o IBM, y por miles de pequeñas iniciativas. Algunas que asustan tanto como OpenOffice o Firefox, que han comoditizado (o mejorado) herramientas que a Microsoft le costó mucho esfuerzo monopolizar. Finalmente, Gates no supo ver el mercado de Internet, a pesar de la enorme inversión en un gigante como MSN. Google fue construyendo poco a poco su liderazgo con una filosofía totalmente opuesta a la de Gates, abierta, conciliadora y transparente, con una tecnología sobresaliente y poniendo al cliente por delante. El resto es historia. El enemigo a batir hoy es Google, Microsoft se ha quedado en aspirante, y pocos le damos como ganador. La última batalla que empieza a perder el gigante es la de las aplicaciones web, un mercado que ha crecido enormemente en el último año, en el que Google empieza a hacer sus pinitos (con Writely o Google Spreadsheets), y que está llamado a sustituir, tarde o temprano, la importancia del sistema operativo. Windows Vista llegará en unos meses, pero cada día que pasa el sistema operativo tradicional es menos imprescindible en nuestros ordenadores. Y eso debe asustar en Microsoft. Mucho.

Todos los gigantes (Microsoft, Sun, Oracle, Corel o Adobe, entre otros) están siendo atacados desde diversos flancos por las aplicaciones basadas en web y el software libre, y un modelo cada vez menos dependiente de la licencia y más del mantenimiento y el uso efectivo de las aplicaciones. En buena medida Gates se va porque el imperio de los gigantes del software se muere, porque la propiedad intelectual cerrada de unas líneas de código ya no te da el control del mundo, porque su monopolio empieza a difuminarse, y porque resulta mucho más difícil competir cuando ya lo has hecho todo en la vida y con 50 años tienes que reinventarte por completo. Es comprensible. No debemos olvidar, sin embargo, que para lo bueno y lo malo Microsoft ha cambiado el mundo en estos 25 años y que Gates, con sus luces y sus sombras, es y será un personaje de referencia en el mundo el software y de los negocios. Pero su época ya ha pasado.

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