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Ilegalizar internet

El problema real es que a la industria discográfica le han quitado su queso y sus responsables están actuando exactamente de la misma forma que uno de los ratoncitos del libro

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Esta semana el Tribunal Supremo estadounidense ha allanado el camino a la industria discográfica para continuar y culminar con éxito el lento harakiri al que se están sometiendo desde hace unos años. Si, probablemente el titular que hayan ustedes leído sea diferente, algo así como: “El Supremo americano condena a muerte el P2P”. Por suerte, de eso nada, al menos por ahora.
 
Porque el problema real no es la sentencia del Tribunal Supremo americano, que sin desdecirse de anteriores sentencias se limita a indicar que si los fabricantes del software incitan al pirateo podrán ser considerados responsables de dicho pirateo. No. El problema real es que a la industria discográfica le han quitado su queso y sus responsables están actuando exactamente de la misma forma que uno de los ratoncitos del libro: preguntándose donde está y sin hacer nada por encontrar nuevas fuentes de queso. El problema es que el queso perdido nunca volverá.
 
Así que poco sentido tiene todo lo que está haciendo la industria discográfica en contra de los programas P2P, mero exponente de una realidad social que quiere desintermediar la música, hacerla más libre y auténtica, sin negarse en absoluto a pagar por ella. Con las previsibles demandas de las grandes productoras contra los principales programas P2P nos encontraremos con largos procesos judiciales de incierta resolución, que para lo único que van a servir es para alargar la agonía de empresas que deberían apresurarse a reenfocar el núcleo de su negocio y dejar de dar la espalda a la sociedad de la que viven. Algunas discográficas ya han perecido de pura miopía. Muchas más pueden hacerlo si siguen por este camino. Y quienes hace años venimos vaticinando esta situación somos tachados de peligrosos comunistas. Tal vez no somos más que realistas.
 
Pero al hilo de estas noticias llegamos a otro debate, y es el de la ilegalización de Internet. Si uno sólo de estos programas P2P fuera ilegalizado por permitir el intercambio de ficheros nos encontraríamos en una situación realmente grave. Porque tras ilegalizar los P2P habría que ilegalizar el correo electrónico, los newsgroups y otros servicios de Internet que permiten el intercambio de ficheros. Como los protocolos de estos servicios son abiertos, habría que ir a por los proveedores de servicios de hosting, y de ahí probablemente a los ISPs. Tampoco se libraría Google del hacha fundamentalista. En conclusión: habría que ilegalizar Internet. La SGAE estaría encantada.
 
Como encantada está con las últimas sentencias judiciales. La del P2P, sin favorecerles en exceso, parece la panacea de la corroboración de sus tesis. La condena a la Asociación de Internautas por alojar una web llamada gráficamente “putasgae” en la que se injuriaba a miembros de tan excelsa asociación les refuerza en la convicción de que hay que ir a por los intermediarios. La AI ha sido torpe y precipitada al alojar una web así, y las injurias tienen difícil justificación, aun tratándose de personajes tan poco presentables como los directivos de la SGAE. Pero de ahí a condenar, no al autor, sino al que aloja la página, media un trecho que espero que en los recursos se enmiende debidamente. Lo contrario nos llevaría a que el nada velado deseo de la SGAE –ilegalizar Internet– se lleve a cabo.
 
Así que, en conclusión: Uno, el P2P es la encarnación de una ola imposible de parar y la industria discográfica pierde un tiempo precioso poniendo demandas a diestro y siniestro. Y dos, intentar buscar responsabilidades en quien no las tiene en la publicación de contenidos en la Red es –eso sí– instaurar una ley de la selva que lo único que haría es acabar con la Red tal y como la conocemos. Y pese a que, como abogado, creo firmemente que la ley es capaz de las más terribles aberraciones, también sufre de preocupantes lagunas. Si en su guerra, perdida de antemano, quieren luchar estas batallas, tienen por delante una muy difícil tarea. Casi imposible. Y si no, al tiempo.

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