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¡Qué haya huelga!

En lo que a mí concierne, la huelga me serviría para dilucidar qué miembros del “stablishment” musical son soberanamente imbéciles

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El cantante Miguel Ríos ha hecho un intenso llamamiento a la “huelga general de la música” esta semana desde las páginas del diario El País y más tarde en declaraciones a la agencia EFE. En su opinión, dicha huelga estaría dirigida contra el Gobierno y la sociedad. Debo reconocer que, en cuanto defensor de una corriente “alternativa” (que lo es cada vez menos) a la oficial en cuestiones de propiedad intelectual, la propuesta me parece de una extraordinaria lucidez. La apoyo. Es más, estoy dispuesto a secundarla no cantando en la ducha o dejando de silbar. El problema es que, en boca de un músico, el llamamiento a semejante huelga me parece una solemne imbecilidad.
 
Pero eso no va a privarme de apoyar la huelga. Si el mundo de la música quiere buscar abiertamente la confrontación con la sociedad de la que dependen para sobrevivir, sea. Si después de criminalizarnos, fomentar leyes para perseguir a los usuarios, llamarnos gentuza, apoyar abiertamente el control de policías y ciberpolicías, y acusar a los consumidores de todos sus males; si después de todo esto además quieren hacer una huelga y seguir incidiendo sobre la brecha entre músicos y sociedad, sea.
 
Porque la realidad es que una huelga de la música pondría al descubierto muchas de las mentiras de las que se alimenta este mercado tan artificial, tan mercadotécnico y tan decadente, incapaz de reconocer sus deficiencias y poner solución a sus crónicos problemas más allá de la dirección y la decisión que la sociedad ya ha tomado.
 
Nadie duda de que este sea un momento difícil para el mundo de las discográficas, y hay quienes queremos que esta situación encuentre soluciones cuanto antes, entre otras cosas porque las vemos al alcance de la mano. La reconversión del mundo de la música pasa por apartar la confrontación con la sociedad y empezar a buscar su complicidad para encontrar soluciones que permitan la viabilidad al margen del debilitado negocio discográfico. Nadie dice que vaya a ser fácil, pero pocos creemos que la música sea algo que haya que salvar porque esté en peligro de extinción. Al contrario, ahora hay más oportunidades que nunca en la historia de la humanidad para que la buena música se reconcilie con la sociedad y sobreviva con modelos viables. Y no absurdos como el actual.
 
En lo que a mí concierne, la huelga me serviría para dilucidar qué miembros del “stablishment” musical son soberanamente imbéciles. No les haría boicot no comprando su música ya que hace muchos años, en 1997, decidí que la desorientada industria discográfica no iba a volver a hacer caja conmigo, y desde entonces no he comprado un solo CD, ni para mí ni para otros. Mis únicas compras de música legal han sido las de tiendas como Allofmp3 o Weblisten, o la tan mentada copia privada, que apenas uso salvo para algún esporádico y criminalizado P2P.
 
En las guerras de la propiedad intelectual que estamos viviendo con intensidad en estos meses nos jugamos el futuro de nuestra sociedad. Las crisis de las discográficas y el endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual, el software libre y la GPL, las patentes de software, las licencias Creative Commons y el copyleft, los cánones de copia privada, los Gedeprensas y un largo etcétera no son más que escenarios de una guerra que marcará nuestro futuro entre una sociedad limitada, cerrada de miras, mercantilizada y controlada por engendros alejados de la sociedad, y una sociedad, en dos palabras, abierta y libre. En ese marco, cualquier huelga absurda no será más que una anécdota en la lápida de la industria discográfica.

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