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Señal y ruido, mucho ruido

La competencia ya no es de igual a igual, sino entre todos los competidores por la atención del usuario: la música compite con el libro, el libro con el blog, el blog con el New York Times, y todos compiten entre sí.

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Leyendo este interesante artículo de Jesús Encinar me vienen a la cabeza muchas reflexiones sobre la señal y el ruido, y por qué todo esto explica muchos de los fenómenos que estamos viviendo en el actual momento de internet. La tesis de Jesús no es nueva, pero está bien expuesta: la señal, la información que nos interesa, crece en un porcentaje inferior al ruido (la información irrelevante), con lo cual pese a que tenemos más información de calidad que nunca resulta cada vez más difícil distinguirla del ruido. Esto lo podemos llevar a casi todos los aspectos de la red: aprender a leer en diagonal y a descartar lo irrelevante ya es hoy día una preciada cualidad.

Pero este argumento nos lleva a otras consideraciones. Por ejemplo, pese a que el volumen de información crece nuestra capacidad de atención se mantiene estable, luego nuestro consumo de información se distribuye entre los diferentes medios/soportes/fuentes. Esta economía de la atención, de la que se lleva hablando unos ocho años, parece no haber calado en los medios tradicionales, demasiado atados a sus soportes y redes de distribución (léase rotativas y furgonetas, frecuencias de televisión o radio...) como para darse cuenta de que mientras el valor económico de sus oligopolios disminuía la atención de sus audiencias tradicionales se dispersaba en multitud de fuentes. La competencia ya no es de igual a igual, sino entre todos los competidores por la atención del usuario: la música compite con el libro, el libro con el blog, el blog con el New York Times, y todos compiten entre sí. No es una competencia económica per se, pero el valor económico de nuestra atención aumenta a una velocidad más rápida que el petróleo hace un año.

Otro ejemplo: el fenómeno de los libros electrónicos empieza a despegar pero una encuesta revela que el 50% de los usuarios primerizos del Kindle de Amazon tiene más de 50 años. Probablemente sea la primera vez que los llamados "early adopters" de una tecnología tan puntera son cincuentones, lo cual no es una noticia muy alentadora: el interés por leer libros digitales es mayor entre aquellas generaciones que han crecido en un mercado de medios mucho más reducido. La dedicación de su atención se guía por parámetros anticuados. Puede haber otros factores, pero esta es otra derivada de la era de la sobreinformación. Parece que cualquier información impresa, incluso en tinta electrónica, pierde valor sin hiperreferencias ni actualización permanente.

Es muy interesante comprobar las reacciones de las industrias afectadas por esta realidad social. Desde los repetitivos y agoreros gurús del apocalipsis (en los últimos años han enterrado la música, el cine, el periodismo, la publicidad, el lenguaje escrito, etc... docenas de veces), hasta los que lanzan balones fuera (la culpa es de la piratería, del P2P, de quienes me roban noticias, de las telecos, de Google, de internet...), pasando por los que, con evidente buen juicio –son los menos– han hecho las reflexiones acertadas que nadie quiere oír: que la industria está en permanente redefinición y que quien sepa adaptarse sobrevivirá y quien no perecerá. Pero, como decía hace poco Clay Shirky en un interesante artículo, las revoluciones trastocan los papeles, y en ellas quienes describen la realidad son los locos y los visionarios que desciben realidades paralelas (en este caso, buscar culpables para su fracaso) son los "salvadores", que llevan a la industria de victoria en victoria hasta la derrota final. Esta dualidad explica la esquizofrenia de la industria de los contenidos en los últimos años. Y su actual caída en desgracia, que en muchos casos ya no tiene arreglo.

Quienes esperaban vivir de las rentas durante unos años más se han encontrado con que el cambio, en lugar de ralentizarse, se acelera. Uno se pregunta a qué esperaban, si el mercado de internet crecía exponencialmente y las nuevas generaciones no compraban ni CDs, ni periódicos, ni revistas, ni entradas de cine... Y a lo mejor el círculo vicioso empezó, precisamente, porque había demasiado ruido y en la industria no supieron distinguir entre señal y ruido, y no quisieron escuchar a quienes avisaban, cual cantos de sirena, de que se acabó lo que se daba. Volviendo al artículo de Shirky, el modelo de negocio basado en el "nos echaréis de menos cuando ya no estemos" tiene mucho menos sentido que la realidad de que "nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto". Las primeras víctimas del exceso de ruido son quienes se creían en posesión absoluta de la señal como si de un monopolio se tratase. Sirva como aviso al resto: perderse en el ruido que tú mismo generas es fácil, lo difícil es tener la información correcta en el momento adecuado, y saber rectificar sin que parezca que estás improvisando. Y eso, improvisar, es lo que llevamos años viendo de los que ahora preparan meticulosamente sus EREs y sus concursos de acreedores.

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